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Lolo Lapón, parte integrante del excelente dúo Hazte Lapón ha elegido para la ocasión un disco que es un tótum revolútum que, con el paso del tiempo se ha convertido en uno de los homenajes más hermosos a la Historia de la música pop. Lolo repasa el disco y sus influencias que revela un intrincado pentagrama apasionado. El 69 nunca falla.

Mi padre, que tiene tanta memoria para los pequeños detalles como capacidad para mezclar los conceptos, dice sobre su propia mente que es como un chupa chups ya chupado, y sobre los datos que incorpora, que son como pelusas que, sin orden ni método, se quedan adheridos al pegajoso caramelo. Esta metáfora un tanto repugnante explica muy bien mi relación con la música pop, y ejemplifica el insondable misterio de que una melodía se quede para siempre en tu cabeza.  Me sirve también para justificar la elección del disco del que voy a hablar: “69 Love Songs”, ese a la vez faraónico y humilde homenaje que Stephin Merritt hizo al pop, y que me atrevería a decir que es mi disco favorito.
Si he elegido este disco, del que ya se ha hablado mucho, y no otros que también amo, como “Remain in light” de Talking Heads o “Sixteen Tambourines” de TheThree O’Clock, es porque siento que conceptualmente comparte con mi forma de ver la música, como en la metáfora del caramelo chupeteado, esa pegajosidad meliflua, que da consistencia a las más variopinta influencias. Y es esa suerte de uniformidad por adición la que hace que “69 love songs” esté, en mi opinión, a años luz de un disco tan redondo y equilibrado como “Get lost”, que muchos de los fans citan como su favorito del grupo. Porque, si lo pensamos, jamás un melómano se atrevió, antes que Merritt aquí, a hacer un disco fabricado con el viscoso material del amor, para dejar que se pegaran a él todos los estilos, todos los grupos, todas las épocas, todas las melodías que amaba. “69 love songs” es, diría yo, no tanto un disco sobre el amor, sino un disco de amor. De amor a la música popular.
Es este amor enciclopédico al pop, que toma para sí, mezcla y regurgita una buena parte de lo que, de seguro, había conformado la banda sonora emocional de su autor, el que me resulta insuperable. Si uno escucha el disco con atención, puede oír un viejo jingle radiofónico al arrancar con “Absolutely Cukoo”, y luego escuchar a Irving Berlin y Cole Porter en “A pretty girl is like…”; ver guiñar a Burt Bacharach, que en “The luckiest guy on the lower east side” parece cantar como Perry Como, y en “Very funny”, como Elvis Costello; por el camino,  vemos recorrer el folk inglés y el country americano, de Shirley Collins a Judy Collins; saludar a Johnny Cash en “A chicken with its head cut off”, y a Fleetwood Mac en “No one will ever love you”; podremos visitar la California hippie de Jefferson Airplane y The Mamas and the Papas en “Sweet-lovin’ man” o, como no, en “Come back from San Francisco”; mirar de reojo a Jacques Brel y Edith Piaf en “My sentimental melody”; o rendir homenaje a ABBA en “Promises of Eternity”. En los giros y circunloquios de este curvo y casi simétrico número 69, vemos a Stephin y sus colaboradores dar pequeños saltos, para repasar la historia del pop sintetizado, desde Kraftwerk, Soft Cell, Human League y John Foxx, hasta Saint Etienne, y para ir desde el proto-indie de Young Marble Giants, Television Personalities o Beat Happening, hasta la sardónica sofisticación de Pulp. Mientras, en las letras, hay lugar para melancólicos abandonos y románticas baladas honky-tonk sobre camioneros gays y amantes pasajeros, esperpénticos parricidios, paisajes genuinamente americanos, espléndidas mariposas, cánticos dipsómanos y exceso de cigarros, lecturas de Camus y asesinatos de famosos lingüistas suizos, nada menos que por el honor de Holland, Dozier y Holland. Una detallada geografía emocional, literaria y musical, casual, desprejuiciada, honesta, cómica y exhaustiva, que tiene tanto de homenaje como de tarro de las esencias. En última instancia, es la prueba más fiel de la aplicación de su famoso manifiesto formulista, donde animaba a usar una baterías de estándares musicales que, randomizados, podrían producir un sinfín de nuevas viejas canciones.
Si yo tuviera que pensar de donde viene mi obsesión por la música, y como se ha ido construyendo, por ejemplo, tendría que pasar necesariamente por la sintonía de “Jackie y Nuca”, cantada en español por Guido y Mauricio de Angelis; tendría que detenerme en el capítulo musical de “Tiny Toons” que incluía dos canciones de They Might Be Giants; pasaría por mi obsesión pasajera por la letra de “De Cartón Piedra” de Serrat, por mi encuentro con “Centro Di Gravità Permanente” de Battiato y “Qualsevol Nit Pot Sortir El Sol” de Sisa en un recopilatorio de cantautores de mis padres; por el recopilatorio indie que sacó Pepsi, que fue el primero (o el segundo, no recuerdo) CD que me compré con mis ahorros; por el impacto que tuvo en mí el “Different class” de Pulp, separado en tres golpes; el primero al introducir el cassette grabado por un amigo y escuchar el arranque de “Mis-shapes”; el segundo, un tiempo después, al leer furtivamente las letras traducidas al español en la sección de libros de El Corte Inglés; el tercero, al ver por primera vez a Jarvis bailando de forma espasmódica mientras interpretaba “Common People” en el programa The white room. Tendría que recoger el impacto que tuvieron en mi las primeras escuchas de “Tonight, Tonight” de Smashing Pumpkins; de “Losing My Religion” de R.E.M; de “All Tomorrow’s Parties” de la Velvet, mientras leía el libro de Victor Bockris; de “Fuerte!” de Surfin’ Bichos en un recopilatorio de lo mejor del pop español; de “This Charming Man” de los Smiths en un recopilatorio de canciones de Crónicas marcianas; de “Hay Un Hombre En España” de Astrud en la radio, de “Once In A Lifetime” de Talking heads, de “Golden Brown” de Stranglers, de “Bathysphere” de Smog, de “Senses Working Overtime” de XTC, de “La Bien Pagá” de Miguel de Molina, de “The Day Before You Came” de ABBA. Y si yo fuera Stephin Merritt, si hubiera dos miembros de esa especie y uno de ellos fuera yo, si yo fuera su gemelo maligno, quizá lograría hacer de todos estos recuerdos y otros tantos, un disco colosal.
El recorrido de la música que uno ama traza un cierto camino confusamente cronológico y manifiestamente corporal; una suerte de biografía del estremecimiento. Convertir, sin embargo, todo eso que uno ha sentido al entrar en contacto con la melodía y las palabras de otro en un producto propio es extremadamente difícil. La mayoría de las veces que se intenta, la vivencia es de fracaso e impostura. Sé que nunca haré mi propio “69 Love Songs”, simplemente porque no hace falta otro. Sin embargo, mi deuda con ese modo de concebir la absorción, asimilación, transformación y producción de música pop, en su concepto más amplio, es eterna.