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Mi débil salud me lleva desde hace meses transitar por pasillos de hospitales, esperas interminables en espacios asépticos, doctores y doctoras cuya rapsodia críptica cubren cientos de informes archivados en mi cabeza, y ruidos de máquinas que entonan los musicales más tétricos de la historia. Solo la mirada compasiva de mi novio, y la compañía de un buen libro alivian estas travesuras del destino. Y la música, siempre la música como fiel compañera de fatigas. Desde que salió este “50 Song Memoir” (Nonesuch, 2017) solo resuenan en mi cabeza los ecos de este diario emotivo de un Stephin Merritt de hechuras de clásico popular. Cada día una canción me martillea, y no puedo escapar a su influjo y acabo tarareándola. Stephin, ese Irving Berling agazapado en los cuartos oscuros, tímido, gruñón y huraño, pero que es capaz de dejarte sin defensas con versos como “When I write my memoirs/You Will read them with pain and with shame/You’ll be searching in vain for your name/For your bleak, insignificant name/when I write my memoirs/Which will be, of coses, in verse/On the subject of you and how awful you are/I will be/Infinitely/Terse” canta en una de las más primorosas joyas del lote, la jacquesbrelliana  “77 Life Aint’t All Bad”.

Veo a Stephin parapetado en su estudio con un arsenal de instrumentos que son su tabla de salvación, su sempiterna boina y su aire desgarbado, y esa mirada que siempre me parece limpia, sincera aunque esquiva. El autor de “69 Love Songs” cumple medio siglo, y como buen artista renacentista quiere pasar a la posteridad. Aquí, cual folklórica apasionada, se abre en canal, o al menos eso es lo que uno quiere percibir en este dantesco ejercicio ególatra y visionario. Estos días leo al gran Jaime Gonzalo , y dice que “Hay quien prefiere no separar arte y artista; yo discrepo, siempre lo he desgajado. Una persona lo dice todo de su obra, pero la obra siempre oculta algo de la persona, precisamente porque nadie es elegante, ingenioso y valiente en el discurrir cotidiano de lo íntimo, aquella gruta sellada y cerrada a espeleólogos del alma ajena”. En estas cincuenta canciones el autor nos avisa: jamás se había mostrado de manera tan descarnada ante su público, así que si les digo la verdad, yo soy de la opinión de Gonzalo, sí, pero en este frondoso melodrama (que parece una película de Douglas Sirk) tira más el personaje que se ha creado que el ciudadano Stephin. Se abre el telón. La vida es puro teatro.

Cada uno de los temas viene apostillado por el año en el que fue inspirado, y nos hallamos con un pantagruélico arsenal de sonidos (folktecnopopmusicalbubblegumpopbedroom rockchanson…) que van viviseccionando al personaje Merritt a lo largo de su vida: hay espacio para escanear estados de animo y saldar cuentas pasadas, texturas y ritmos efervescentes y ponzoñosos, estribillos memorables, referencias culturales, y sobretodo, letras, letras, y más letras memorables a sumar a su inigualable poemario vital. Reseñar algo tan monumental es tarea complicada, así que déjense inocular por el veneno de estas historias que podrían ser las mías, o las de cualquier vulgar mortal. Recuerdos a su gato “’68 A Cat Called Dionysus” y a los iconos gays “’69 Judy Garland”  (“Judy Garland set us free”);  instantáneas de soledad juvenil en “’71 I Think I’ll Make Another World” (“And I can see another world”And I can make it with my hands/Who cares if no one understands”) y los primeros devaneos sexuales a ritmo de jazz paranormal en “’72 Eye Contact”; sus particulares cantos espirituales en “’74 No”,y sus cuentas aun no saldadas con su madre en la hiriente “’75 My Mama Ain’t”. Más historias. 1981, año de publicación del “Dare” y aquí Merritt se viste de John Foxx y lo homenajea a ritmo de tecnopop al igual que hace en la explícita “’83 Foxx And I”; teatralidad de musical en homenaje a Edith Wharton en “’88 Ethan From” y los miedos a la aparición de la enfermedad “’92 Weird Diseases”. Así podríamos seguir. Mejor abran esta caja de Pandora y disfrútenla. El tiempo dirá si estamos ante una de las mejores obras de The Magnetic Fields, pero en estos momentos el placer es tan inmenso que le auguro elogios de por vida.