do
Escritor y crítico musical en diferentes medios (El País, Efe Eme, entre otros), el madrileño acaba de editar una recomendable guía en forma de libro de cariz enciclopédico y divulgativo titulado “Indie & Rock alternativo. Historia, cultura, artistas y álbumes fundamentales” (Ma Non Troppo, 2017). A la propuesta de elegir un disco para hablar sobre él, no tuvo más remedio que rendirse al alucinante mundo poblado de criaturas extrañas ideado por los únicos e intransferibles Pixies. “Doolittle” cambió muchas cosas, y es un disco que, a día de hoy, sigue inmarchitable.

Sobre Doolittle, de Pixies (1989)
 
Siempre digo lo mismo, aunque suene a obviedad: los Pixies fueron el punk para quienes no vivimos el punk. Quiero decir, para quienes, por motivos generacionales, no lo vivimos en tiempo real (si es que alguien en este país lo vivió en tiempo real, claro). Descubrirles con quince años marcaba, desde luego. Hoy en día no son más que tres veteranos de guerra (con una bajista mucho más joven en sus filas) sumidos en una gira eterna. Dedicados en cuerpo y alma a reproducir de forma funcionarial el mismo temario hasta la extenuación. Lógico, dado que ninguna de sus travesías posteriores gozó siquiera de una quinta parte del calado de la obra que enmarcaron en aquel lustro rutilante, entre finales de los 80 y principios de los 90. Entre 1987 y 1991. Hay quien les pone a caldo por haberse convertido precisamente en eso, en pensionistas del rock alternativo.
La última vez que tuve la ocasión de verles en directo, hace tres años en un Primavera Sound, me dejé llevar por esa apatía, algo resabiada por la óptica de quienes les vieron crecer como una banda de salas de mediano aforo y han acabado resignados, con los años, a encajar su aparición como un reclamo recurrente en cualquier gran festival. Como ese señuelo repetido hasta la eternidad, que pulveriza por sí solo, a base de insistente repetición, todo el misterio que una vez rodeó a aquellos cuatro tipos corrientes y molientes de Boston, con aspecto de cualquier cosa menos de integrantes de una banda de rock
En una de esas disyuntivas tan dolorosas e inherentes al festival que se celebra en el Fórum -vamos al grano- me decanté por ir a ver por segunda vez a The War On Drugs y desechar la que sería mi quinta oportunidad de ver a Black Francis y compañía. Me planté ante un escenario en el que Adam Granduciel y los suyos iban a desgranar el álbum que estrenaban aquel año, pero algo fallaba: pasaban más de veinte minutos sobre el horario anunciado para su actuación, pero sobre el escenario no aparecía nadie. Problemas de sonido. Mientras tanto, los Pixies ya habían comenzado a atronar en otro escenario. Me sacudí la pereza, y dado que no hay cosa que me haga ponerme más nervioso que esa sensación de estar esperando a que algo comience mientras te puedes estar perdiendo otra cosa igual de aprovechable (o más: el puñetero y tan moderno FOMO, Fear of Missing Out, miedo a perderte algo), harto de estar plantado durante veinte minutos que me parecieron una eternidad, deseché toda idea de ver a The War on Drugs para ver por enésima vez a los Pixies. Llegué desganado ante su enorme escenario. Pero a medida que pasaron los minutos, acabé otra vez rendido a ese repertorio que ni siquiera una interpretación meramente burocrática y diligente puede arruinar. Y me sigue asombrando que aún me ocurra esto, más de 25 años después de escuchar por primera vez “Doolittle (1989), el disco con el que les descubrí, y de verles por primera vez -en septiembre de 1990- en una sala de Valencia
Creo que la anécdota sirve, pese a estar marcada por un rasero personal, para remarcar el carácter inoxidable de las canciones de Pixies. Una obra en la que esta colección, la más equilibrada y versátil, la que mejor supo combinar agreste visceralidad y cierta accesibilidad, es pieza nuclear. La que marcó el camino, además, a quienes vendrían siguiendo sus huellas (Nirvana y demás). En esa colección de momentos magdalena de Proust que todos guardamos en nuestra sesera, tengo un momento preferencial -entre muchos otros- : aquel en el que, por primera vez, me dejé taladrar los oídos por la línea de bajo de Kim Deal, la guitarra afilada de Joey Santiago y los alaridos de BlackFrancis al entonar “Debaser”, apertura del álbum, reproducido a todo volumen en una cinta de cassette que giraba en mi walkman, aquel aparato del pleistoceno superior. Fue una tarde de octubre de 1989, justo antes de salir escopeteado de casa -no tuve tiempo de escuchar el disco entero hasta la medianoche, menudo coitus interruptus– para acompañar a un amigo a un concierto de Joan Manuel Serrat en el extinto Teatro Princesa de Valencia. Vaya contraste. Fue el pórtico de entrada a un nuevo universo, desde luego. 
Posiblemente sea el disco que más veces he escuchado en mi vida. Al menos de los tres o cuatro que más he escuchado. Y aunque hoy en día soy incapaz de sacarle el mismo jugo que hace años, esa merma del factor emocional no ha empañado una constatación, desde la simple observación desprovista de pasión, que permanece inalterable: hay poquísimos repertorios que me sigan pareciendo tan singulares, tan difícilmente complicados de definir con criterios de trazabilidad. De acuerdo, quizá sin el punk, sin Hüsker Dü, sin Minor Threat, los Pixies no habrían existido tal y como les conocimos. Pero siempre me sonaron solamente a sí mismos. Y aún lo siguen haciendo.