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A raiz de la publicación de su anterior disco, “The Man Upstairs”, el amigo Edgar Ducasse entonaba algo parecido a un mea culpa porque hasta ese momento (estamos hablando del 2014) en este insigne espacio no se había escrito nada sobre la figura totémica de Mr. Hitchcock. Ducasse escribía “La sensación de mea culpa se acrecienta con el hecho de que se encuentre inmerso en otro de los mejores momentos de su carrera, después de encadenar como mínimo dos de sus discos de madurez más conseguidos: “Tromsø, Kaptein” (2011) y “Love From London” (2013). Así que cuando llega “The Man Upstairs” (Yep Roc, 2014) a uno le asalta el dilema de aferrarse a otro disco entero de canciones propias o contar las bondades de éste que reparte al cincuenta por ciento las ajenas con las de su cosecha.” Pues me uno a la reivindicación, porque este artista es uno de los cantautores más fascinantes que ha dado el pop en muchas décadas. Tanto con The Soft Boys, como con sus Venus 3 y en solitario, el de Paddington es el mejor heredero de Ray Davies, y en sus mejores momentos poco tiene que envidiar a los The ByrdsSyd Barrett, o a las filigranas sonoras pergeñadas por Lennon/McCartney.

Robyn Hitchcock” (Yep Roc, 2017) sigue en la linea imparable de calidad de este excelso artesano de la música. Estamos ante un disco (el vigésimo tercero, ¡casi nada!) grabado entre amigos en Nashville (por ahí andan Grant Lee BuffaloGillian Welch, y producido por Brendan Benson) en el que no queda otra que postrarse a sus pues y paladear cada una de las canciones, porque todas son extraordinarias. Power pop de muchos quilates que mira de reojo a XTC (“Detective Mindhorn”), aires sureños con sentido del humor y descreimiento  (“1970 In Aspic”, “I Pray When I’m Drunk”), medios tiempos que hacen recuento de lo que vas dejando por el camino (“Sayonara Judge”). Un disco inspirador y emocionante. Y cuando estas dos cualidades se dan la mano yo suelo soltarme la melena. Obra maestra.