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Los apuntes iniciales no proporcionan datos que presagien grandes loas del nuevo disco de Andrew Combs. Tejano reciclado en Nashville, empieza en “Canyons Of My Mind” (New West 2017) eléctrico normalito para esbozar un ambiente introspectivo -contrabajo, slides y aire Radiohead– de impacto inocuo. Pero en la tercera pieza la voz de corte Thom Yorke va girando a matices -ayudan los preciosos arreglos- del tocayo Bird.
A partir de allí todo cambia con un poker de ases espectacular. La sentida “Hazel” se regodea en la melodía íntima fatal de Don McLean -pespuntes de estremecedora guitarra acústica- alimentada con gajos de Jim Croce en “Rose Colored Blues”. De lo intrascendente del arranque se ha pasado a una emoción cargada de profundidad con una naturalidad que creía ya se había perdido desde los años del tándem Jim Webb/Glen Campbell. Arreglos de cuerda a remolque de las slides con ese trote típico: una debilidad personal. Andrew gira unos grados hacia la psicodelia crepuscular de los canyons californianos tipo Ryley Walker en “Better Way”, a la que solo se le puede achacar una guitarra y un estribillo algo manidos, para soltar una composición supurando clacisismo -de Nilsson a Tobias Jesso Jr– como “Lauralee”.
A estas alturas el veredicto ya se ha pronunciado, y da igual que arranque “Blood Hunters” doblando voces como los Nirvana tranquilos o que en “What It Means To You” luzca pechera de vals country gracias a la aportación de Caitlin Rose. Lo vulnerable -no nos olvidemos de “Silk Flowers”– se impone por alguna extraña razón que no debería parecer tan extraña. Los resultados, cuando se compone bien, al final prevalecen.