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Me gustaría quedarme a vivir en cualquier canción de Guillermo Farré. Sé que habitar en ellas solo me puede aportar un suave arrullo reconfortante, y el cosquilleo del enigma de un tesoro aun por desenterrar. Entre los filamentos de las canciones de este asombroso “Torres Blancas” (Lovemonk, 2017) podemos seguir el hilo conductor a historias que siempre acontecen fuera de plano, porque así se narra una buena película. Escuetas instantáneas veladas por el recuerdo que nos hablan de cascadas esmeraldas y pájaros exóticos; de Le Corbusier a ojos de cristal que se quedan prendados en la memoria sentimental; del inextricable secreto de las fiestas al irracional apego a lo esotérico. Son muchas las historias que en diferentes planos van pespunteado este milagro de orfebrería pop. Juro que al enfrentarme a esta reseña no quería escribir la palabra “orfebrería” (fácil recurso para definir las panorámicas canciones multicapa de Wild Honey), pero quedé cegado por el influjo y connotación que tiene esta palabra a lo largo de todo el minutaje del disco.

Con una portada cuyo halo psicodélico y yuxtaposición de elementos (en apariencia inconexos) me recuerda a la de “Odessey and Oracle” de The Zombies (referente al que debemos de ir a buscar los mimbres de toda la obra de Farré) con la añadidura de un plus de tropicalismo, nos hallamos con un despliegue de sonidos que son pura ambrosía para los oídos y los sentidos, y  además por primera vez cantado en castellano. De la mano de Sean O’Hagan en tareas de arreglista en algunos temas (¡ay esas cuerdas, qué primor!), y la ayuda en la producción de Frank Maston, el disco va girando entre ululantes ecos a The High Llamas (“Torres Blancas”) o guitarras que entonan folk de ensueño a lo Fleet Foxes(“Ojo De Cristal”); sonidos de metrónomo maridados con bossa (“Mapas De Zonas Desiertas”, “Reverb Infinita”), y gemas cuyo fulgor recalcan la vigencia de los atardeceres lluviosos y nostálgicos del  Donosti Sound. Un clavicordio pespuntea una melodía que la podría haber firmado CRAG (“Leopardo”), mientras que en la clausura (“Siguiendo A Desconocidos”) los sonidos son tan rutilantes que me recuerdan al gran Louis Philippe. Sentando cátedra.