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La memoria es frágil con los modestos. Un grupo pequeño te gusta, compras sus discos, y de pronto desaparecen de tu vida sin que te percates. Hasta que un buen día -muchos- años después reemprenden una carrera abandonada por las razones que fueren. ¡¡¡Sodastream!!! ¡¡¡Con lo que me gustaban!!! Y buscas enseguida el nuevo, “Little By Little” (2017), dejando que esa voz, con su tono nasal personal -entre Neil Halstead y Stuart Murdoch– vuelva a empapar tus pabellones auditivos y encharcar tus neuronas. Los años pasan y las resonancias vuelven.

Para los recién llegados, lo mejor que se puede decir de estos dos australianos formados en Perth es que manejan las acústicas con el mismo temple -frágil, cristalino- que The Milk Carton Kids -si no hicieron caso a esta recomendación, apaguen el ordenador y dedíquense al metal– y, para quienes ya los disfrutaban hace 20 años, recomendárselo con la misma efusión de entonces. Estos violines entre cenefas celestiales de “Colouring Iris” conquistan ya de entrada, dándole vueltas al ritmo que tan buenos resultados dio -también en “Moving”– a los Belle & Sebastian del siglo XX. Piezas de orografía clásica -la entrada de la fantástica “Habits” recoge aromas de Leonard Cohen– donde apenas hay lugar para lo inquietante -tramos de “Tyre Iron”– y lo que prima es lo delicado aunque se disfrace, como ese contrabajo en “Grey Waves” introduciendo la canción.

Han ocurrido muchas cosas musicalmente desde que Sodastream decidieron parar hace casi tres lustros, algunas incluso buenas. Pero siempre habrá un lugar debidamente destacado para sus canciones. Los amantes del azúcar no pueden dejar quebrar las fábricas de caramelos de semejante nivel. Son activos que no cotizan en bolsas triviales donde impera lo crematístico, sino en las cuentas de ahorro de la sensibilidad.