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Cuando escuché por primera vez a Mojave 3, entendí el proceso compositor de Neil Halstead tras el estruendoso sonido de Slowdive: el shoegaze no era más que cuatro acordes ligados según la fórmula folk y ejecutados a través de un magma sonoro denso que difuminaba la melodía para hacerla aún más sugerente. Después, ya consciente del proceso y sabiendo de la capacidad de su autor, tenía que haber adivinado que sus caras iluminadas en el Primavera Sound 2014 apuntaban a un retorno singular más allá de lo habitual en estos casos.
¡Madre del amor hermoso, qué disco han conseguido! Etiquetar “Slowdive” (Dead Oceans 2017) como el mero retorno de unos cuarentones que aspiran a no caer en el olvido sería muy injusto. Hace rato que estoy intentando pensar en un comeback -tras dos décadas ausentes- de esta envergadura, y no encuentro precedente (cantautores tipo Bill Fay no cuentan). También es importante remarcar que juegan las bazas ganadoras en las dos primeras manos arrastrando los triunfos. “Slomo” es de una belleza glacial aterradora. Va creciendo poco a poco, dejando brillar a la guitarra por encima de la masa sonora rodante, mientras las voces, tanto de Neil como de Rachel, recogen tus restos y los llevan al cielo. Nada en todo el álbum, en todo el 2017, es tan contundente como los acordes iniciales de “Star Roving” -que sí, que con acústicas serían folk– al dejar caer todo el peso del resto de instrumentos a modo de puñetazo de impacto brutal en las cavernas de nuestros corazones. Cierto, no es un sonido pulcro -aposta sabiendo de la astucia de Chris Coady: también se entiende su relación con Beach House-, sino proveniente de las entrañas del binomio formado por cuerpo y alma.
Con los deberes hechos sin aún despeinarse, ejecutan pequeñas variaciones en los seis temas restantes -en “Sugar For The Pill” más Cocteau Twins, en “Everyone Knows” los meandros folk devienen riadas amazónicas- siempre volviendo al arma letal de tonelaje grandioso desplomándose hasta que la gravedad te hunde –“No Longer Making Time”– en el néctar de su melodía. Y la rúbrica alternativa de rigor terminando con una simple “Falling Ashes” cuyo piano recurre al recato ambient.
Ahora mismo, a 31 de julio de 2017, no encuentro álbum más inmenso -en todas sus acepciones- que éste. Subo el volumen, desaparece el techo, y no solo veo las estrellas, sino que siento como si las pudiera tocar. Ya sé que casi cada semana decimos más o menos lo mismo de algún álbum. No importa. Dueño de tu silencio, esclavo de tus palabras. Mi disco del primer semestre.