cas

La polvareda que ha levantado el debut de Cigarettes After Sex , aunque importante, está siendo menor de la prevista por las expectativas, y trae su coletilla. Sí, pero…
Muchos han visto en esta música el regusto de lo obvio. Tan tremendamente bonita que su plasticidad roza el cliché. De alguna manera los textos esgrimidos por la afeminada voz de Greg Gonzalez, en constante modo slowcore deshojando historias de amor -desengaños, obsesiones-, con ese tipo de provocación de serie de TV para adolescentes, le resta puntos al tejido musical. No importa. A mí me transporta igualmente. Lo que cuenta es la fragilidad del marco. La entrada de dulzura espectral de la ya conocida “K.” -toda la grabación está afectada por su relación con una tal Kristen– no es más que el preludio de un manojo de piezas de construcción similar -ya se dijo anteriormente: Cowboy Junkies y Mazzy Star sin llegar al pozo Low– que se van agarrando una tras otra sin remisión. Cuando entra “Apocalypse”, el escalofrío ya ha asomado antes de que Greg entone una de las melodías más fáciles y pragmáticas que conozcamos. Y aunque llega un momento -allá por “Truly”– que el azúcar satura un poco, la lentitud sublime de “John Wayne” lo metaboliza estupendamente hasta llegar al final -cuando termina “Young & Dumb”– dándote cuenta que las diez piezas te han mantenido en la más pura abstracción. Entonces respiras hondo, sonríes para ti mismo… y vuelves a darle al play.
“Gigarettes After Sex” (Partisan 2017) es en estos momentos el disco más romántico del año, en lo positivo y en lo negativo que acarrean las dos interpretaciones del término. Obviamente me aferro a la positiva. Para derretirse.