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Cuando una chica empieza el disco diciendo I feel so small, el mensaje implícito es el de autoestima baja. Añadiendo que es de color, nacida en Camerún y educada en Nueva York, los porcentajes no predicen una mejoría. Y sin embargo al cabo de un par de minutos de escuchar “The Embers”, la canción que abre “Infinite Worlds” (Father/Daughter 2017), el fragor de la mezcla entre guitarra y batería, aunando lo cáustico del sonido indie con lo vulnerable femenino, indica que Laetitia Tamko, alias Vagabon, es una cantautora de armas tomar.
Sigue la fragilidad tras la cáscara en “Fear & Force”, centrando al personaje en el parámetro entre los márgenes extremos de su sensibilidad, como una variante intermedia de Waxahatchee, Angel Olsen y Torres. Del arpegio sentido con teclado suave sale rebotada hacia las guitarras intensas de “Minneapolis”, para de pronto escurrirse con “Mal À L´Aise” a la electrónica de alcoba (ayuda Eric Littmann, del entorno de Julie Byrne) que no desentonaría en una utópica nueva grabación de The Montgolfier Brothers. El sosiego se rompe súbitamente con la irrupción de las guitarras de “100 Years” -ayuda su amiga Frankie Cosmos-, ejemplo de manual del indie femenino con aristas y paréntesis antes de entrar en el tramo más recomendable del disco. En “Cleaning House” se pasa del nudo en la garganta al nudo en el estómago gracias a su belleza gélida -las voces de color suenan definitivamente especiales, como Tracy Chapman, insertadas en música con residuos de folk-, de espléndido continuismo en “Cold Apartment”. En menos de media hora, Vagabon tiene tiempo suficiente para reivindicar un lugar prominente entre la nueva generación de mujeres bravas con guitarra eléctrica y gran corazón.