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No son Fleet Foxes el paradigma del trabajo. Tercer álbum en diez años: como para sacar las telarañas de la sede social de su club de fans. Tampoco parece Robin Pecknold demasiado preocupado por lo que se pueda opinar de la evolución de su música. “Crack-Up” (Nonesuch 2017) maneja los principios tradicionales del estilo que moldearon, una suerte de folk de capilla rural donde la majestuosidad de la conjunción de las voces se erguía por encima de todo lo demás, cerca de la emocionante manera de comunicar de los primeros My Morning Jacket.
La sensación de pureza persiste, sean las piezas mejores o no –“White Winter Hymnal” salen una cada medio siglo-, penetrando con profundidad monástica -también sigue vigente el paralelismo con el sentimiento emanado por Grizzly Bear: escúchese el pulso gravitacional de “I Am All That I Need/Arroyo Seco/Thumbprint Scar”– en busca de la conquista del alma, y aquí debería añadirse -porque no hay concesiones, por lo intrincado de algún título, porque parecen sonidos del bosque, etc- el referente Bon Iver. Y aunque hayan perdido su condición de indispensables dada su escasa proliferación creativa, por entre canciones que pueden precisar bastantes escuchas -como “On Another Season (January/June)” con su piano divagante y su final de jazz de callejón, o “I Should See Memphis”, panorámica como alguna versión de Richard Harris de temas de Jim Webb– asoman melodías bonitas –“Kept Woman”– e incluso directas: “Third Of May/Ôdaigahara” hubiese encajado perfectamente en su primer álbum.
Por supuesto, pese a la demora y a la evolución de los tiempos, se recomienda su adquisición. De algún modo, sin ganárselo a base de cientos de composiciones, con tres álbumes Fleet Foxes han conseguido un estilo identificable y clásico. Con menos, Crosby Stills & Nash (& Young) también.