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Repasando la discografía de Grizzly Bear, cada disco nuevo ha ido sofisticando su sonido mientras mantenía a la vez su manera peculiar de desplegar estructuras en una misma canción, quedando en un segundo plano los acordes quebrados y secos otrora tan a flor de piel: aún son fundamentales en su estilo aunque ahora se recubran con una pomada balsámica.
Seguramente su ideario va en contra de los postulados de un amante del pop. Ninguna canción suya permanece bajo el yugo verso/estribillo, para bien y para mal. Para mal porque muchísimos tramos de estas piezas, reorientados y repetidos durante tres minutos, serían éxitos. La que más se puede acercar a la fórmula clásica en “Painted Ruins” (RCA 2017) es la primera composición cantada por Christopher Taylor, “Systole”. Y para bien porque difícilmente podremos encontrar en un solo álbum semejante concatenación de ideas entrando y saliendo. Pueden empezar con prog de coctelería para al rato volverse sinfónicos en “Aquarian”; pillar un beat sutilmente inspirado en el hip hop en “Wasted Acres”; insinuar todos los paralelismos que les achacan con Radiohead cuando entra la voz en “Glass Hillside”; ejercer de pleno la típica epifanía grizzly en “Three Rings”; mostrar en “Four Cypresses” que se puede compaginar lo aparentemente liviano con lo aparentemente denso -su gran virtud- sin apenas diferencias; y soltar en segunda posición, como es habitual, el tema “mainstream” (“Mourning Sound”). En su mundo todo es posible si se puede desplegar con severidad y elegancia. Y cuando manejas tantas opciones distintas haciéndolas tuyas, tirando de un hilo en principio poco importante hasta encontrar el tesoro, e imprimiéndole tu sello, mereces el mayor de los respetos. Aunque cueste lo suyo -tiempo- hacernos con toda la gama de percepciones que almacenan sus piezas y algunos las tilden de pretenciosas y aburridas. Fatalmente errados, por supuesto. Otra cosa es que, al igual que Fleet Foxes, dejen pasar tantos años entre disco y disco.