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Una de las mentes más preclaras del pop español es la de Cristina Plaza (también en Clovis junto a Fino Onoyarte). Pero como la lógica muchas veces no existe, pues parece mentira que su proyecto Daga Voladora no tenga más repercusión de la que tiene. En fin. El arte es caprichoso.


Cuenta en el cómic (o historia) que acompaña este disco titulado “Primer segundo” (Gramaciones Grabofónicas, 2017) que el sello neoyorquino OSR ya se interesó por ella y publicó “Chiu-chium”, un magnífico ejemplo de esta alquimista folk con un pie en la tierra y otro en Marte. Luego llegó su amistad con Lorena Álvarez, de la que admira su imagen de artista nómada, y ésta la empujó a largarse bien lejos, a vivir al bosque en una localidad de Suecia. Ella y su corazón nómada tenían muchas cosas que descubrir y contar, y hacerlo con ese estilo tan peculiar y que la diferencia de todo el pop que se está haciendo por estas tierras de España.


Este disco escueto en minutaje pero grandioso en resultados, contiene pequeñas y deliciosas gemas que parecen haikus análogicos y mediterráneos. “Club De Salvamento” reinventa el ideario de Vainica Doble en clave Laurie Spiegel de alcoba; en “La vía” el sintetizador teje una melodía que recuerda a Family, mientras que en “Bengala” tiene el arrojo suficiente para sonar melancólica y fronteriza, y a su forma es como una Sibylle Baier castiza. “Amigo Invisible” es una fina estampa pseudo bossa que enamora, y en “Fjäril” es folk extraño de tersa psicodelia que parece rendir homenaje a Gloria Fuertes. Hasta se atreve con una versión de Triana, “Sé De Un Lugar”, y le sale como un cruce entre música concreta y barroquismo de cámara. Disco y artista imprescindible.