Pongamos las cosas en su sitio. Antes de que la música se convirtiese en un producto comercial, en una plataforma para reivindicar el arte o en un simple barómetro adolescente en busca de una tribu, su misión era distraer, animar y hacer sentir felices a los miembros de una comunidad. Gracias a ella se transmitieron legados históricos que sobrevivieron decenas de generaciones.

Actualmente resulta muy difícil que músicos con esta filosofía puedan ganarse la vida profesionalmente. Yo no sé si es el caso de Keston Cobblers Club, una agrupación provinciana de Kent formada en 2009 amante del folk luminoso sin pretensiones ni sofisticación ni pedigrí trendy. Pero sí que puedo prometer que su música exalta sentimientos muy reconfortantes; como si estuviese ante un producto genuino. Solo repasando sus clips colgados en youtube de su serie shoes off (hubiese pagado por estar en el pub en la #7 con “The Heights Of Lola”), además de la iniciativa como colectivo en 2011 de juntar decenas de músicos de varios puntos del planeta que no se conocían para interpretar juntos dos canciones suyas, y ya puede uno hacerse una idea del caudal humano.

El nuevo álbum “Almost Home” (Tricolour 2017) no será ni mejor ni peor que el material anterior, pero sirve para constatar virtudes. Estaría a medio camino entre “Fisherman´s Blues”, Hal y Milk Carton Kids, con acústicas y banjo marcando acordes, el trabajo vocal siempre sobresaliente, acordeón, trombón, y demás cachivaches de percusión liviana rematando. En “Concord” pasa de puntillas el esbozo de una melodía Springsteen, en “Almost Home” el pasaje marcial tiene el texto de “500 Miles” de The Proclaimers en la retina, proliferan los juegos vocales -por ejemplo “Walls”-, algún vídeo gracioso -“Demons”- y la felicidad -“Winning”- no escasea. Si se puede imaginar un día soleado campestre en Gran Bretaña con ellos como banda sonora, se trata indudablemente de un día pluscuamperfecto. La tradición bien entendida.