Aún defendiendo que un disco ha de valorarse principalmente por la valía de sus composiciones y la manera con que son abordadas, a veces -debido a lo rutinario de los sonidos predominantes- sucumbo a la fascinación de lo inédito. Chuck Johnson, en un “Balsams” (2017) de título muy elocuente, se arma con su pedal steel para fabricar seis instrumentales sobre fondo de drones, resonancias y capas variopintas de teclados.
El ambiente creado por tan inusual -y bienvenida- combinación es extremadamente relajante. Panorámica paisajista a través de un mantra de sintetizador suave donde la pedal steel acaricia o gime, siempre con un talante amable sugestivo de ensoñación. Es música donde los temas, aunque difieran en lo particular, forman un todo uniforme -a veces, si no se está atento, monocorde- que hace innecesario distinguirlos por sus títulos. Y el hecho de que sean todos capaces de transportarnos entre nube y nube, surcando cielos claros hasta parajes de placidez extrema, es lo que aquí puntúa hasta convertir el álbum en fármaco a recetar a las almas con carencia de sosiego. Ambient letal con munición de country llorón, una droga distinta.