Con una bonita estampa panorámica en la que se observa el romper de unas olas, y a lo lejos a una persona pescando, nos llega la portada del nuevo disco del dúo de Los Ángeles The Breathing Effect. No les conocía hasta ahora, pero una reseña en la web The Vinyl Factory sirvió de cebo, nunca mejor dicho.

El grupo lo forman Harry Terrell Eli Goss, y este segundo álbum de su carrera titulado “The Fisherman Abides” (Alpha Pup Records, 2017) es un talentoso arsenal de influencias que quizás en manos menos apropiadas pudieran sonar pedantes, a la par que deslavazadas, pero los de LA se las apañan para que todo resulte atractivo, e incluso adictivo. Sí, también cierta sensación de frialdad rezuma el conjunto, pero no llega a molestar mucho. Es un flujo de sonidos intrincados, que buscan la sorpresa en el oyente saltando de un palo a otro, y sin que se vean mucho las costuras.
“Water Static (Blinding Phoenix)” arranca su andadura enredándose en parajes jazzísticos a lo Thundercut, y va mutando en armonías que a mí me recuerdan al hieratismo de laboratorio de Tortoise junto a unas tramas de sintetizadores que ya patentó en su día el gran Herbie Hancock. En “The Morning Swim” esculpen una melodía ensoñadora muy próxima a los propósitos new age acompasada  por una batería tocada con escobillas, y acto seguido guiñan un ojo a Kamasi Washington en la desenfrenada “The Grove”. Para veleidades las de “Walking Backwards”: voces procesadas  y la quietud parecen reconocerse en los íntimos recovecos de James Blake, aunque a Harry y a Eli les gusta retorcer las canciones en un improvisado juego de contrastes tonales. Belleza extraña, y otoñal.