Ahora el de Minnesota se atreve a hacer conciertos con banda y además canta de verdad. Atrás quedaron esos rituales espasmódicos con micrófono en mano en plan karaoke que le ocasionaron más de un altercado (lanzamiento de latas de cerveza incluídas). Parece que ahora actuar sin pluggins programados le aporta una dinámica de grupo que le seduce bastante, y lo celebro porque le sienta mucho mejor. Lo pude comprobar in situ en su concierto de Barcelona presentando su último disco “Screen Memories” (Ribbon Music, 2017). Levantaba su dedo indice de espaldas a la audiencia que abarrotaba la sala, y exclama ¡más alto!, y la banda respondía con sonidos atronadores.

Maus es como un crooner de una civilización en plena descomposición moral y de pesadilla; sus conciertos, al igual que sus discos, suenan a ceremonial pagano, y mucho de exorcización de miedos interiores que son, a la vez, miedos universales que radiografía con frío temple quirúrgico. Un agujero negro insondable, y quizás ahi radica su magnetismo. Seis años han pasado de su anterior disco, y los parámetros en los que se mueve son inamovibles, y aunque uno no esperaba grandes cambios, su música ya empieza a ser prescindible. Es este un disco de pura ingeniería técnica y emocional: ha construido nuevos equipos, modulado y ensamblado nuevos paneles de sonido, y eso repercute en un sonido más límpido aunque ese deje vaporoso y ponzoñoso sigue intacto. Y su lírica de oscuras galerías mentales, ni hablemos.
Canciones buenas las hay, claro, y ahí está ese bajo zumbón en la preciosa “Walls Of Silence”, y ese trote postpunk que acompaña a “Find Out”. El single de adelanto, “The Combine”, con esos teclados barrocos y redobles de campanas es como juntar en un mismo fotograma velado a Scott Walker y Vangelis. ¿Un buen disco de waporwave? ¿Electropop eighties barroco? ¿El artista más pedante y sobrevalorado de los últimos tiempos?. Bien, un poco de todo hay. Sigue gustándome, aunque prefiero con creces a su amigo Ariel Pink.