“Wide Open” (Michael McDonald). Cuarenta y cinco años atrás, la música de Los Angeles dominaba el mercado. Discurría elegante y a un paso relajado a tono con el ritmo de vida del poder económico dominante en su costa soleada. Algunos de sus protagonistas vuelven ahora con el arsenal de antaño. McDonald, de The Doobie Brothers, prefiere pillar de su relación con Steely Dan. Sonidos de ejecución perfecta, tengan nexos con el soul (su voz desgraciadamente nunca ha dado para estos retos), con el híbrido de jazz-funk o con las baladas orquestadas, según parece atractivos para las estrellas actuales -Beyoncé le adula, Thundercat le invita-, acompañados por una lista interminable de los más ilustres sesioneros de su tiempo, como Branford Marsalis, Marcus Miller, Tom Scott, Steve Porcaro, David Paich, Willie Weeks, etc. Lujazo instrumental.
“Bidin´ My Time” (Chris Hillman). Debido a una concatenación de acontecimientos, algunos discos se convierten en más históricos de lo inicialmente previsto. Un ex-Byrd que es producido por un fan famoso, Tom Petty, quien fallece a las cuatro semanas de publicarse. Anécdota macabra aparte, Hillman se esmera para no dejar en mal lugar su reputación. Recupera algunas de su antiguo grupo (“New Old John Robertson”, o aquella “Bells Of Rhymney” compuesta por Pete Seeger), de excompañeros (“She Don´t Care About Time” de Gene Clark), versiones de country jangle (“Walk Right Back” de Everly Brothers), una que parece de Paul Simon (“When I Get A Little Money”) y deudas pendientes (“Wildflowers” de Petty, la que cierra). Todo muy fresco y en su sitio. La veteranía en su mejor acepción.
“The Knowledge” (Squeeze). Componer una buena canción no es fácil. Algunos grupos tienen más maña que otros para dar con la fórmula. Squeeze lo consiguieron en 1981 con “East Side Story”. Siguen batallando durante periodos irregulares para preservarla, con resultados mixtos. El nuevo álbum parece empezar bien, con todo en su sitio, esperanzador. Pero a partir de la mitad, entre una “Rough Ride” en plan disco-Vegas y “Elmers End” con tintes de orquesta de madrugada -hablo de “Departure Lounge”, “Final Score”, “Please Be Outstanding” y “Albatross”-, se hace patente que no basta con la excelsa ornamentación, pues falta ese pequeño clic mágico engarzando una tonada junto a un estribillo (como por ejemplo The Bitter Springs). Pese al final feliz de “Two Forks”.
“Woodland Echoes” (Nick Heyward). Uno de los iconos del pop de los 80 en el seno de Haicut 100 intentando ser fiel a su ideario y al mismo tiempo esquivar el desfase. ¿Solución? Buscar la fórmula de un pop intemporal -los cuatro acordes y los coros Beatles de siempre- y sobre sus distintas variantes -más rápida o lenta, etc- abrir un abanico variado. Hay voces tipo McCartney bucólico en “Mountaintop”, incluso del McCartney que ahora mira al jazz cabaretero de reojo en “Who”; voces dobladas como en “Abbey Road” en “I Can See Her”; impulso a las cuerdas en “Perfect Sunday Sun”; y sobretodo un afable sentir -instrumental campestre incluido: “New Beginning”- resumido en la veraniega -la entrada tan Teenage Fanclub- “Baby Blue Sky”.
“White Knight” (Todd Rundgren). Mi fervor por el Todd Rundgren nunca se ha trasladado a Utopia, de modo que he pasado de sus últimos trabajos en clave prog. Me gusta el artista en solitario creando pop, así que tanto colaborador invitado aquí a priori me da grima. El balance se salda gratamente en las baladas más convencionales (“Tin Foil Hat” con Donald Fagen en un groove dopado, “Sleep” con Joe Walsh, “I Got Your Back” con DâM Funk, “Beginning” con John Boutté y “That Could Have Been Me” con Robyn). Se porta muy bien Bettye LaVette en “Naked & Afraid” así como Daryl Hall en “Chance For Us”. En otros terrenos lo multidisciplinar no cuela tan bien, ya que globalmente el resumen del disco no invita a tirar cohetes.