“Rocket” (Alex G). Perfeccionando su perspectiva dispersa del lo fi, donde todo encaja por el simple hecho de no parecer demasiado bien acabado. Esbozos y viñetas que se alargan hasta tomar forma de canción. Acuarelas (“Witch”), bonitas tramas de folk (el violín de Molly Germer es un plus en “Bobby” y “Powerful Man”), jazz (con un punto onírico y placentero en “County” y “Guilty”), acústicas y voz intimista (en “Big Fish” como Elliott Smith), excursiones ruidistas (“Horse” y “Brick”), bandazos (el autotune de “Sportstar”) pero sobre todo mucha -muchísima- música.

“Heartworms” (The Shins). Ha llegado a una conclusión James Mercer. The Shins es un asunto personal. En el último disco lo toca casi todo él (excepto percusión y algún instrumento suelto). Podría presuponerse que la grabación será espartana y sosa. Al revés. Junto a la ayuda en producción de Richard Swift -muy bien “So Now What”- ejecuta todo lo que se precisa para enriquecer su excelente perspectiva del pop. Son los Shins de siempre -“Rubber Ballz”, “Dead Alive”- que no renuncian a lo simple cuando se puede resolver con eficacia -genial “Mildenhall”-, ahora con las inquietudes añadidas del Mercer padre (de tres hijas: “Name For You”). Todo un tratado de orfebrería pop.

“This Old Dog” (Mac DeMarco). El autor en tu sala de estar; es la sensación escuchando su nuevo trabajo. O cuando los términos slack (flojo, flácido, distendido) y slacker (vago) adquieren musicalmente un significado de plenitud. La primera mitad es super relajante, sea cual sea la temática: podría estar Marc circunvalando la melodía de “My Old Man” durante horas. “This Old Dog” empieza a subir la cuesta de la pereza y “Baby You´re Out” alcanza la cima para ir a parar a la relajación absoluta de “For The First Time” (me gustaría escucharla en clave distinta, por ejemplo en la voz de un Richard Hawley). Aunque ya más predecibles, las que conforman el resto (sobre todo “A Wolf Who Wears Sheeps Clothes” y “One More Love Song”) no bajan el listón. Un disco que te deja mejor cuerpo que muchas drogas.

“Universal High” (Childhood). De Brixton a Atlanta. Pese a la cautela que requieren los giros de timón bruscos en los grupos con discografía escasa, pasar de la psicodelia -cercana al shoegaze- al soul con el ojo puesto en los grupos sixties -con todos los impedimentos técnicos predecibles en los británicos- es bien acogido. El falsete tipo Curtis Mayfield de “Californian Light” funciona, mientras “Too Old For My Tears” tiene el mismo ímpetu rítmico Motown que “A Town Called Malice”, y todo el disco -ganas de party en “Nothing Ever Seems Right”- desprende una vitalidad que va más allá de las tendencias. ¿Fijarán posiciones a partir de ahora o seguirán dando tumbos estilísticos? Convendría lo primero.

“The Echo Of Pleasure” (The Pains Of Being Pure At Heart). Se fueron los años mozos de Kip Berman, el acné y los amoríos adolescentes. Sigue sin embargo buscando en su cancionero ese sentimiento de teen in love sección indy con caída hacia el dream pop. Podría morir junto a su media naranja en “Anymore”, sentir la flecha del cupido shoegaze en “The Garret”, y caer en el hedonismo chachipiruli en “When I Dance With You” (me quedo con San Cisco). Le sigue ayudando en las voces Jen Goma con ese entusiasmo tan suyo aupando estribillos al infinito, como Chvrches sin tanto synth. Solo un pero. Ante tanto empalago -si ya lo tienes todo dicho en dos minutos, no hace falta estirar la tonada hasta los cuatro-, deberían preguntar a sus seguidores si deseamos estar todo el tiempo tan arriba.