“Bandwagonesque” (Benjamin Gibbard). Mejor parado que Rado sale Ben Gibbard del envite de recrear el disco más afamado de Teenage Fanclub. Se agradece su aportación personal a “The Concept” estirándola maravillosamente: solo un devoto de la banda podía mimarla así, con esa manera de dejar caer el `oh yeah´, con esa sabiduría montando los ecos y llevándonos a la gloria a base de repetir cinco minutos seguidos la misma melodía circular. El cariño del de Death Cab For Cutie no se detiene aquí, pues vuelve a sacar brillo -remozado- a “December”, “Star Sign” y”Sidewinter”, dejándonos con la miel en los labios con solo un esbozo de “Pet Rock”. Más suaves y pulidas que las originales, encajan perfectamente en la evolución de quienes crecieron con ellos. Una bendición de repaso.

 
“Born To Run” (Jonathan Rado). Encomiable el intento de revisar tan magna obra de Bruce Springsteen desde un prisma actualizado. La parte buena, evocar la grandeza de aquellas canciones. La parte menos buena, no consigue eludir la comparación de su estilo -por muy entretenido y dinámico que sea- con el poderío inigualable de la interpretación del boss y la banda de la calle E. Solo se entiende como homenaje humilde y constatación de la influencia de esta obra en generaciones que hoy lideran -tanto en sus bandas como produciendo- un segmento importante del mercado discográfico.

 

“Hang” (Foxygen). Siguen cocinando su revoltillo loco sin ceder ante las barreras. Ahora, armados de una orquesta, se enfrentan a un cóctel de géneros multidisciplinar -puros, mestizos o directamente bastardos- haciendo caso omiso a quienes les regañaron por los abusos en el disco anterior (o en los directos). Tras pasar por el filtro de un soul elegante (“Follow The Leader”), hurgan en los musicales norteamericanos hasta trucarlos y rejuvenecerlos bajo su prisma (“Avalon”, “America”) sin renunciar al pillaje selectivo (ese piano de “On Lankershim” dejando paso a un country de manual fue muy utilizado por Elton John allá por 1975). ¿Excesivos en solo media hora? No les digas: van a su bola. Impecable en cualquier caso la producción. Rado ya es un grande (también figura Matthew E. White arreglando).

 

“Forced Witness” (Alex Cameron). No se le hizo demasiado caso al segundo de Alex Cameron por estos lares. ¿Razón? Creo que extramusical. No llegó a tiempo para publicarlo antes de la ronda de festivales europeos (presentó canciones en el Primavera Sound) impidiendo que la prensa se hubiese familiarizado con las canciones antes de escucharlas en directo. A mí me parece que es tan válido como el anterior, con ese ritmo flotante casual que se niega a caer en el synth pop y en el mainstream -aunque, como The Magnetic Fields, trabaje melodías fáciles- porque tiene raíces rock muy profundas (¿el Lou reed de “Transformer”?).

 

“Tremendous Sea Of Love” (Passion Pit). Los cambios en la vida de Michael Angelakos se reflejan en su carrera artística, incidiendo su nueva filosofía fuera de la música en ella: canciones que siguen hablando de su divorcio (“Hey K”), de su aceptación gay, y de la relación con su madre (“For Sondra”). Con sonido premeditadamente inacabado, ya que la intención inicial era regalarlo a los seguidores de twitter que hiciesen un RT a Michael F. Wells apoyando la importancia de la ciencia y la investigación. Fomenta baladas synth (“To The Other Side”), se divierte entre grietas lujuriosas (“I´m Perfect”) y aporta alguna perla pop digna de competir con Chvrches (“You Have The Right”).

 
“Cusp” (Robert Sotelo). Desde su cueva británica asoma tímidamente otro músico reivindicando sonidos pretéritos con guantes actuales. Su psicodelia suave remite a la Gran bretaña de 1967 liderada por The Beatles. Y lo hace con el mismo decoro aterciopelado que High Llamas cuando invocan a Beach Boys. La secuencia de los temas y la parsimonia sinfónica de su discurso invitan a la relajación provinciana. De momento nadie le hace caso. Puedes ser uno de los primeros, a tenor de las escasa visitas en youtube.

 
“Occult Architecture Vols 1 & 2” (Moon Duo). No es normal que un grupo publique dos álbumes en el mismo año pero lo que hacen la guitarra de Ripley Johnson y los teclados de Samae Yamada en Moon Duo es un híbrido apto para ser estirado según convenga. No es rock alemán ni rock & roll ni pop electrónico, pero la interacción de elementos comunes a estos estilos hace que un tema de tres minutos por arte de magia alcance los ocho. Una amalgama entre pulso hipnótico y muro de sonido -instrumental o no- que enseguida entra por la vena y llega hasta el cerebro creando un entorno psicodélico. Es un concepto ya trillado: llevar al pop la lisergia, sea a través de la trepanación como de la secuencia de acordes clásica; Spacemen 3 o The Jesus And Mary Chain.
En vez de publicar un doble álbum, primero apareció “Occult Architecture, Vol 1” en febrero y más tarde “Occult Architecture, Vol 2” en mayo, seguramente para realzar las diferencias entre dos producciones gemelas. La chicha densa se ha condensado en el primer volumen, a veces desplegada sin piedad con piezas de muchos minutos -efecto hipnótico parecido al de Endless Boogie- que a veces beben de Suicide. “The Death Set” lobotomiza con solo de guitarra de matriz kraut bastante salvaje, y en “Cult Of Moloch” sigue el aquelarre, dejando globalmente una sensación rocosa. Tras él, “Vol 2” se escucha como el hermano pequeño condescendiente y jovial. Tiene un punto light -de adrenalina contenida- en “New Dawn”, de cadencia relajada en “Mirror´s Edge”, y de euforia pop en la entrada de “Sevens” -tirando del hilo de “Electricity” de Orchestral Monoevures in Tha Dark podría llegarse a su fórmula- que le hacen parecer más accesible -con las piezas cantadas- y a la par frugal. Cada uno nos pondrá de un humor distinto, así que tiene sentido su publicación por separado.