Hasta ahora, los conciertos de música alternativa a los que había asistido en Bangkok se saldaban con audiencias pírricas teniendo en cuenta la demografía de la urbe. Que las entradas para un grupo de la relativa popularidad de The xx se pusieran a la venta a 80 euros me planteaba una nueva duda acerca de la estrategia para difundir la música independiente entre millones de habitantes mayormente desconocedores de este segmento de la cultura occidental.

Quizás por ello me sorprendió tanto la decisión de los organizadores de elegir el Thunder Dome, un pabellón deportivo de amplias dimensiones situado en la periferia -en Nonthaburi, a no más de 5 km en paralelo al aeropuerto ahora low cost de Don Mueang-, como el no verlo desangelado, ya que al menos había dos mil personas. No quiere decir esto éxito de taquilla: yo mismo accedí gracias a que un amigo -parte de la organización patrocinadora, la marca de cervezas Singha- de un amigo le había regalado cinco entradas.

El set list del concierto varió poco respecto al ofrecido ocho meses atrás en el Primavera Sound, básicamente la alteración del orden de algunas canciones y la sustitución de un par por otras para situar en perspectiva asiática la carrera de la banda (incluyeron por ejemplo “Heart Skipped A Beat” y “Chained”, obviando “Sunset” y “Replica”). Como ocurre desde hace un tiempo, o sea desde la aclamación del “In Colour” de Jamie xx y la capitulación parcial del sonido mustio de la banda en favor de su vitalidad iridiscente, éste se encargó en el tramo final de contagiar al tímido público tailandés las bonanzas de las vísceras del ritmo más allá de los giros a veces virulentos del mástil de Oliver Sim. “Shelter”, su propia “Loud Places” -no, ni sonó “Gosh” ni “The Rest Is Noise”- y el encore con “On Hold” suponen la cima a la que aspira cualquier DJ agitador de masas actual. Siguen sin ser The xx autores de música feliz pese a la sutura electrónica y los beats, pero al menos arrancan briznas de alegría poniendo al público patas arriba durante unos instantes. Y, pese al envoltorio Jamie, no son techno: son pop. Por eso, cuando las luces de la sala se encienden y el público empieza a desfilar rumbo a los accesos de salida, suena por los altavoces gloriosa e inconmensurable “Young Hearts Run Free” de Candi Staton.