¿Qué hacer durante una semana entera en Perth? La ciudad es tranquila, con una zona nocturna en Northbridge que a las diez entre semana ya languidece, incluso mientras alberga el festival de verano Fringe. Además de bañarse en playas cercanas como la hermosa Cottesloe, se contempla la posibilidad de alquilar un coche tres días para visitar la zona vinícola de Margaret River y la costa de Busselton (sur) o el desierto de Pinnacles (norte). Pero es sábado y hay hambre de ambiente cosmopolita.
Me aconsejaron Fremantle, villa colonial victoriana -y residencia de San Cisco- a 20 km en tren siguiendo la costa meridional. Muchos establecimientos de restauración, una playa asequible con autobuses gratuitos -South Beach- y una visita a la cárcel. La segunda sorpresa agradable del viaje casi me produce un desmayo al leer el flyer allí. Al día siguiente estaba previsto el festival Laneway en la explanada de la ciudad. Cuando vi el cartel, pensé que era una de las personas más afortunadas del planeta. ¿Cómo podía juntarse a semejante cantidad de músicos que me gustan en una misma jornada y que yo, que pasaba casualmente por allí sin información previa, tuviese el privilegio de asistir? Aún me hago cruces.
Llego pronto por la mañana por si acaso escasean las entradas. La explanada parece un buen espacio para un festival urbano: una especie de zona verde con su césped natural y suficientes árboles con sombra bajo la cual sentarse durante el rato que más castigase el sol de verano de las antípodas. Al entrar, me dirijo al único escenario operativo donde el rapero lugareño T$oko ni se entera que está sobrepasando el tiempo asignado. A los pocos minutos Stella Donnelly, una joven también de la zona desgrana composiciones intimistas con la guitarra eléctrica (sin llegar a ser tan cortante como la del primerizo Jeff Buckley). Sensibilidad y una voz cristalina que llega bien pese a la hora temprana. Me gustaron todas, aunque recuerdo las de introducción narrativa divertida en directo como “I Should Have Stayed At Home”. Escúchense “Boys Will Be Boys”, “Mean To Me”, “Mechanical Bull” y “Grey” de su EP para cercionarse de su dimensión futurible. Poco después les toca el turno a Cable Ties de Melbourne. Mientras ensayaban antes, el bajista se regodeó con la entrada de “Paranoid”. Dos mujeres robustas de negro -una percusionista tatuada por debajo de las rodillas y la guitarrista de pelo rubio corto- contagian la energía de un rock visceral al público, que se va incrementando a medida que transcurren los minutos. Con un punto de agresividad por encima de Courtney Barnett, sin llegar al aquelarre de The Fall. Apenas duré un cuarto de hora -no por falta de ganas- ya que en otro escenario había dado comienzo uno de mis objetivos de la jornada.
No siempre se tiene la oportunidad de ver en directo a los protagonistas de uno de los debuts del año a las cuatro semanas de su edición. Shame al otro lado del mundo. Británicos huidos del invierno europeo cociéndose como gambas bajo los rayos implacables… y la cerveza, claro. Uno de los guitarristas, el bajista y el percusionista tocan con la boca abierta como los peces. A este último se le ve enrojecido, sea por factores externos o por la abrasión musical de lo que interpretan. Saltan con cada ráfaga como los Who más elásticos a medida que las piezas van electrocutando. El cantante Charlie Steen además exhibe una actitud provocadora -aunada por la sempiterna chulería condescendiente que tienen los ingleses, sobre todo de Londres, cuando giran por la “provincia” australiana- similar a la de un Jim Morrison sin aún las tablas adquiridas ni la cantidad de drogas consumida. Eso sí, su voz, cuando se rasga -esa manera de berrear en “Gold Hole” con la percusión apocalíptica-, congenia a la perfección creando una combustión brutal. Tocaron las cinco primeras del álbum en el mismo orden, y solo dejaron fuera “Donk”, con momentos álgidos en todos los finales con las guitarras a cien. Destacó el ralentí momentáneo del arranque de “Angie”, y el frenesí de “Lampoon”.
En el escenario más castigado por los rayos solares, la banda de Alex Cameron luce vestuario acorde. Proliferan gafas de sol y camisas hawaianas en un set donde, además de recordarnos las bonanzas melódicas anteriores -“Happy Ending”, “The Comeback”, “Real Bad Looking”-, pone el foco sobre su nuevo álbum. De las nuevas piezas que desfilan -“The Chihuahua”, “Runnin´ Outta Luck”- me quedo definitivamente con la decadencia de “Candy May”. Se insiste en la importancia de percibir a Alex Cameron como un proyecto de (¿super?)grupo mencionando frecuentemente al saxofonista Roy Molloy, quien, menos alto, opta por tocar apoyado en un taburete. Tras un paso fugaz por el escenario de las coloridas Dream Wife, que acaban de publicar álbum, me quedo un rato en (Sandy) Alex G. Otro que apuesta por la estrategia slacker, meciendo más que agitando. Mi admiración por “Rocket” no me impide constatar que tengo hambre. Tras cuatro canciones, en vista de la programación si quería llegar en forma a Rolling Blackouts Coastal Fever, lo mejor era salir del recinto para comer algo decente en el centro de la población. ¿Y qué me perdía además del resto de su actuación? La de Moses Sumney. No resultó ser sin embargo exactamente así. Por esas jugadas del destino no me fijé que al mismo tiempo tocaba Billie Eilish, una de las promesas del mercado internacional a la que dentro de poco solo se podrá ver rodeada de masas teen. Y no es la primera vez que me sucede este tipo de despiste. Por si interesa a alguien, la pizza estaba muy rica. Ahora bien, costaba 20 euros: esto es Australia.