La paternidad supone un cambio de hábitos para todos. Remate no iba a ser menos. La manera de ver la vida, la manera de enfocar lo cotidiano, de adaptarse a la nueva situación, y de operar profesionalmente. Durante un par de álbumes exploró sus nuevos sentimientos. Flagrante o subliminalmente; según la composición.
Trabajar en casa por supuesto tiene sus inconvenientes y sus ventajas. No en vano la del “sonido casero” se ha convertido en una etiqueta recurrente del periodismo coloquial. En su caso, definido así, más que estilo, lo que se percibe es un cambio de orientación musical (instrumental y a nivel de mezclas). “Kitasato” (Relámpago 2018) recoge lo que ha sembrado últimamente. Por inercia, placer, comodidad o demanda del mercado, ha ido enfocando su pauta de trabajo a un terreno que hace años tenía aparcado, el de las bandas sonoras y colaboraciones en proyectos donde las composiciones sirven de estímulo a las imágenes. Ahora se trataba de filtrar las últimas experiencias para hacerlas converger en canciones instrumentales que puedan sostenerse por sí mismas y a la vez aportar empaque y personalidad a un álbum que busca el concepto ya en los títulos, en homenaje a antiheroinas de películas.
Las primeras cuatro canciones de “Kitasato” son una preciosidad (“Dawn Wiener”, “Elizabeth Travis”, “Emma Recchi” y “Fred Belair”). Electrónica de tocador y music box de una belleza natural cercana a la indietrónica -apoyándose alguna en estructuras acústicas- ideales para escuchar mientras pensamos imágenes en clave mayormente sosegada. Se utilizan teclados de sonido analógico antiguo monofónico -¿qué tienen en común The Caretaker y Broadcast?: pues eso- cuya función puede definir tanto una acuarela como una escultura.
Durante la segunda mitad de la grabación, de sonoridad más rígida, se evoluciona hacia terrenos excitantes para un explorador aunque no tan instantáneos para un visitante casual. Cada una de las piezas -todas cortas, aquí no hay tiempo para aburrirse- pulsando diferentes rincones de una electrónica más arriesgada. Sombras y luces de Terry Riley y del manual de lo repetitivo de Steve Reich, con estructuras más pétreas (los teclados de “Jackie”). Sin embargo el aislacionismo ambient (“Kris”) y el repiqueteo armónico ejemplar final de “Star” se encargan de contextualizar y orientar el tono global de la grabación hacia lo indiscutiblemente bello.