Tengo mis manías con las bandas ruidosas de cuna punk. Necesito explosiones controladas más que catarsis. No me gusta el ruido indiscriminado si no está amansado en un formato de canción. Nunca he sido un admirador de Sonic Youth. Tampoco de The Fall, aunque en cambio esté muy atraído por la música de sus nuevos discípulos Shame.
Vienen con el estigma del hype británico a modo de lastre inicial. La futura mejor banda del país, dicen. La curiosidad puede más que la incredulidad, y casualmente caigo en una actuación suya con el álbum apenas escuchado un par de veces. Caigo. Y caigo atrapado. Toca volver a escuchar “Songs Of Praise” (Dead Oceans 2018), ahora consciente de la necesidad de subir el volumen hasta sentir golpeadas las entrañas. Cuando queda un segundo sola la voz de Charlie Steen en “Concrete” y se percibe el mismo arrastre vocal sangrante que el Jim Morrison de “Absolutely Live”, siento el desgarro bendito: esto es rock & roll. Que trepa y trepana venéreo en “Tasteless”, “Friction” y “Lampoon”, cuando las guitarras se apoderan del aire, extrayendo el pus de la herida, rociándola con alcohol para después encender la cerilla hasta quemarlo todo. Absolutamente todo incendiado, el cuerpo y los que aún seguíamos vivos a su alrededor. Me revuelco ante los bramidos de “Gold Hole”, con mueca de satisfacción cuando intuyo -las guitarras estelares reventando al cumplirse el tercer minuto de “One Rizla”- una inesperada vocación por el pop. Está ahí escondida, entre la rabia y la juventud como aquellos primeros Arctic Monkeys.
El futuro es suyo, tenían razón los del hype. Shame, la tormenta perfecta.