Los de Hoboken creo que no me han fallado nunca. Vamos, que ahora no me viene a la cabeza un disco de ellos que me dejara indiferente. Con sus altos y bajos, pero Yo La Tengo tienen la facilidad de crear expectación cada vez que anuncian lanzamiento, y después de más de treinta años de carrera me parece casi imposible.
En su último largo juegan al despiste, algo que les encanta. Guiñan un ojo a Sly Stone titulando su último trabajo como la obra maestra del tejano (es de 1971 aquel disco junto a su banda Family Stone, y es insultante su vigencia a día de hoy), y nos instan a no buscar explicaciones más allá de las meramente hedonistas. Bien, pasemos página. Los ritmos que emergen, en parte, de esta colección de canciones vienen tomando forma desde hace unos años: algunas canciones fueron la respuesta a estímulos externos (poner banda sonora a algún proyecto fílmico), y sobretodo esos aires ambient que acolchan el mullido entramado de alguna de ellas (“She May, She Might”, “Dream Dream Away”) son obra de un James McNew que en sus ratos libres le gusta jugar con software y mezcladores de sonidos on line. Un logro, sin duda, que recoge el testigo de los tramos más evocadores de su obra maestra “And Then Nothing Turned Itself Inside-Out”, y que posteriormente afianzaron con aquel “The Sounds Of Sounds Of Science” que conviene revisar.
El fraseo más reconocible sale a la luz con preciosas tonadas cantadas por Georgia Hubley como “Shades Of Blue” o esa obra maestra que se titula “Shades”. Más razones para seguir amándoles las encontrarán en “Polynesia #1” en donde suena un calypso, el tribalismo de “Above the Sound”, y entre los flecos jazzísticos de la nocturna “Forever”. Maestros.