El nuevo disco de Kyle Craft, “Full Circle Nightmare” (Sub Pop 2018), está dando que hablar. Controversia habemus fruto de unos tiempos en los cuales la libertad de expresión está perdiendo la batalla ante lo políticamente correcto. Apenas se puede escribir algo sin que a los diez minutos surja un movimiento u otro defendiendo los derechos de no-sé-quién para recriminarlo.
No sé si es momento para una defensa de postulados hoy mal vistos del rock. Pero sé también que hay varias connotaciones -la sexual, la machista, la de las drogas, etc- sin las cuales sería improbable definirlo como tal. Al cuestionarlas se está desposeyendo una parte fundamental de su esencia. Y si unos textos o una actitud reflejan un periodo que existió -mientras no se amparen en el insulto o la descalificación- deben ser asumidos como parte de la diversidad social. De modo que cada cual saque sus conclusiones acerca de la personalidad de Kyle Craft, del mundo en que se mueve -si es cierto que el álbum es antibiográfico- o del que pretende reflejar -con canciones vestidas de rock de guitarras early seventies con matices de jarana sureña- retratando un tipo de mujeres y de actitud hacia ellas. Sea el Mick jagger sexualmente hiperventilado o el Dylan de los tugurios, la imagen conseguida es suficientemente potente para que la viñeta de macho rodeado de femmes fatales lleve a los mentecatos -sobre todo de Pitchfork- a cargárselos mientras siguen defendiendo a las bandas metaleras. ¡Qué mundo nos espera cuando no podamos abrir la boca para así no pronunciar una palabra que pueda molestar!
En cuanto a la música, Kyle sigue prolífico en sus textos expuestos con el mismo convencimiento vocal que en el disco anterior. El retintín similar al acento de Meat Loaf en “Fever Dream Girl” ahora se difumina ante unos arreglos más folk -la producción de Chris Funk de The Decemberists es flamante en “Exile Rag”- aunque el morbo sigue estando en la teatralidad del discurso, con muchas deudas aún -algunas estridentes- con el glam, sea en temas como “Heartbreak junky” o en medios tiempos (“The Rager”). Más allá de lo extramusical, si la cuestión importante sigue siendo la de si es un buen álbum o no, la respuesta es tajantemente afirmativa.