Se inicia la excursión anual con Nat Simons desplegando su rock educado en los distintos ramales de la americana con retintín eléctrico (tipo Elizabeth Cook). Puede llegar a mezclar sutilmente Linda Ronstadt, Fleetwood Mac y Ennio Morricone sin inmutarse gracias al respaldo discográfico de Gary Louris y M.C Taylor. Mucho menos florida apareció Vagabon -con su voz femenina de rugosidad africana, guitarra, laptop, una bajista y un percusionista- destilando arpegios sentidos de eléctrica. Nerviosa y con un problema en los pedales, su set duró tan solo 25 minutos, poco más de la mitad de los previstos. Los aproveché para echar un vistazo a los últimos minutos de The Zephyr Bones, a ratos con una intensidad similar a DIIV.
El motivo para desembarcar pronto el jueves tenía nombre propio: Ezra Furman. La verdad es que el sol no le hizo justicia al maquillaje del norteamericano, que acabó descocado -le pega- bajo el color negro de la vestimenta -resto de la banda de blanco: una suerte de E Street Band low cost- tras su collar de perlas. La música va quebrándose para acentuar la narrativa queer, yendo de menos a más y calentando el ambiente con las piezas mejor recibidas, como “I Lost My Innocence”, una versión de Kate Bush (“Hounds Of Love”), “Love You So Bad” y “Suck The Blood From My Wound”.
La primera ración escocesa del día, The Twlight Sad, sorprendieron por el gran poder comunicador de la expresividad de su cantante. Lo que podría ser la épica escocesa mal heredada de Simple Minds jugando a cruce entre The National, R.E.M y Afghan Whigs, acaba en una liturgia eléctrica de gran intensidad a plena luz del día.Sí, odio el término pero allá va: momentazo cerrando con la canción de Frightened Rabbit en homenaje sentido al amigo fallecido Scott Hutchinson.
Pocos metros más allá, enfundados en sus chaquetas rosadas, Sparks revivieron con energía inusitada -e incombustible tras tantos años- los ancestros del synth pop cabaretero. Una lección entusiasta y divertida sin ascos a la autoparodia (la inexpresividad marca de la casa de Ron Mael). Y muy agradecidos ante la multitudinaria recepción.
Tres canciones de Kelela, con todo enlatado salvo voz y coros -muy vistosas ellas vestidas de blanco-, me dejan cierta sensación de aburrimiento. Tampoco pensaba quedarme más pues se solapaba con The War On Drugs que, con esa prestancia de veteranos rodados de vuelta de todo -greñas, camisas tejanas oscuras de manga larga-, tuvieron que lidiar con una mayoría de público poco receptivo típica de los dos macroescenarios. Tampoco ayudó mucho su estatismo y ese sonido demasiado opaco y uniforme. Aún así, prestando atención -si los de al lado permiten-, entran hasta la cocina.
Ruban Nielson configura la Unknown Mortal Orchestra en torno a su persona y al -en directo- prominente percutir del bajo, aún más duro que en estudio. Sus arpegios atropellados y convulsos, tras un espectacular paseo por entre la gente -hasta llegar a la mesa de control y brindar- mientras ejecuta un simulacro de solo, se someten en la segunda mitad a una suerte de disciplina disco con reminiscencias a Chic. Me parece revelador que antes y después de su concierto sonase por los altavoces “I´m A Man” de Chicago. Al salir, tuve tiempo de deleitarme con la increíble intensidad del final del sexteto pressentado por Anna von Hausswolff con esos agudos vocales llegando hasta Mallorca. Al lado Rostam venía con bases programadas, un percusionista y un cuarteto de cuerda para decorar con sabor dulce hindú su repertorio.
Lástima que los compromisos laborales solo me permitieron asistir a 20 minutos de Nick Cave. Impresionante la sensación de poderío de gran banda de Bad Seeds, quizás el espectáculo colectivo de rock más recomendable actualmente. Peligrosos hasta lo incendiario -grande Warren Ellis descontrolado-, saben bajar el pistón cuando a Nick le da por rescatar piezas de sensibilidad íntima (“The Ship Song”).
Empecé mi carrusel de medianoche con Sylvan Esso, tan vitalistas como siempre. Tercera vez que les veo, segunda del 2018 tras Laneway. Allí Amelia iba con tirantes y shorts tejanos diurnos. Ahora con body negro de manga larga con flecos y botines cómodos para ejecutar sus contoneos aeróbicos. Mucho más recomendables -por conjugar electrónica y pop desde une perspectiva progresista digerible, poniendo a todos a bailar- que la fatua sofisticación de Kelela o los Chvrches del último disco. Estos últimos tienen más presupuesto que Amelia y Nick, pero ahora el estigma de gran banda se ha convertido en una losa con grietas y dudas. Quizás por ello soltaron unos cuantos hits antes de encarar alguna nueva.
Mi final de jornada fue muy instructivo asistiendo a las largas progresiones de Nils Frahm, constructor de andamios edificados sobre varios planos -texturas, secuencias- que van del paisajismo al dance sin esquivar los peligros -ejem…new age- con paso firme. Y, si se consigue prestar la atención debida, emoción de calado profundo.