Empecé la jornada con la segunda mitad de la oferta de pop ágil y vibrante de El Último Vecino, muy estimados por aquí. Y a continuación primera gran alegría. Con Waxahatchee comparece su hermana Allison Crutchfield, otra que debería gozar de mayor proyección. Vestida de rojo, se confina en un rol gregario que me mantiene absorto. Curioso, al igual que la mayoría de grupos femeninos -salvo excepciones como Haim después-, la presencia masiva de guitarras -a veces tres- se centra más en la rítmica que en los solos.
La propuesta entre lo occidental y lo africano que ultimamente propone Oumou Sangaré es un cañón. Lo de Mali -ngoni incluido- llevado a la pista de baile, y añadiendo pespuntes de guitarra nerviosa tipo Songhoy Blues. La pedagogía del trance con instrumentación moderna y accesible gracias a la complicidad de los músicos y dos voces de acompañamiento femeninas que, además de hacer las funciones obreras para la abeja reina Oumou, diosa impresionante en su vestido largo blanco, regalan ese ejercicio de energía contagiosa que anima cualquier festival. De hecho, no me cansaré de repetirlo, los conciertos de los africanos en el Primavera Sound son los de donde suele salir el público más sonriente del festival. En comparación, la cara de angustia de John Maus nos lleva al lado opuesto de la selva, a la del Klaus Kinski amazónico sudando poseido entre el ritmo tecnológico. Un poco más arriba, pillé 10 minutos del frenesí metalfreetropical de los paulistas Metá Metá con la voz de Juçara Marçal. Torbellino punk con la samba muuuy escondida, que a veces deviene funk. ¿En Brasil fueron populares A Certain Ratio, Rip Rig & Panic, The Pop Group y P.I.L?
El contrapunto plácido viene de parte de los falsetes del canadiense pilotando Rhye, que esquivan lo anestésico a ratos, cuando los bajos se desperezan marcando un ritmo más despierto y la trompeta desentumece tendones. Quizás buscaba crear un ambiente de cara al final, de allí su enfado cuando se entera que no dispone de una hora y ya ha consumido los 45 minutos estipulados. En cambio, lo poco que pude escuchar de Mogwai -las tres primeras- me elevó el ánimo llenando el espacio -compuesto por una multitud que no debía saber muy bien qué estaba sucediendo musicalmente- de bendita electricidad ensoñadora. Por encima de los corrillos y del trapicheo de hierba y de las conversaciones en voz alta y del postureo extramusical, estaba el cielo. Solo hacía falta mirar arriba y escuchar. Todo acabó confluyendo en la demostración de alegría radiante de Superorganism. Cierto, iba predispuesto debido a mi adicción a las canciones de su debut señorial aún consciente de que anteriormente flotaba un estado de decepción tras el fracaso de asistencia en Madrid. Ellos también. Tardaron en salir, atónitos ante la multitudinaria concurrencia, que disfrutó de lo lindo ante esta combinación de estribillos con aire de himnos, puesta de escena pizpireta, chubasqueros de colorines y audiovisuales con referencias a videojuegos eighties tipo Pac-Man. Con seis piezas irresistibles de cara a este verano, una auténtica joie de vivre para todos los públicos.
Lo que vino después no respondió a mis expectativas. Ese par de temas de Obeyi con combinado sugerente -utilizar tecnología para adaptar la esencia de lo afrocubano a la era digital- que quedan empañados por las obviedades (que si Trump malote y Michelle Obama una poetisa: en España ahora mismo el problema no es precisamente Trump). Otros tres de Thundercat, musicalmente interesante pero para mí, que jamás sucumbí al jazz rock de Chick Corea y Herbie Hancock meclado con la música de coctelería del George Benson de Warners, y solo un poco a la década ilustrada de Stevie Wonder, me llevó de cabeza a la nostalgia de la actuación sorpresiva en el escenario grande -Migos cancelaron: los muy impresentables ni siquiera subieron al avión- de Los Planetas, en este caso sustitutos más que ilustres. Como empezaron tarde, también acabaron tarde, retrasando la aparición de Haim (debido a ello no puede ver los últimos minutos de Cigarettes After Sex), en su linea habitual: entrada y salida con las tres hermanas centradas en la percusión, ristra de éxitos combinando lo digital con actitud rock desde la atalaya chic de Los Angeles entre el glamour y el gusto guarrillo por el pseudoheavy, solos de guitarra, y la sensación de que entre el público solo disfrutaban los británicos, incluso las de un segundo álbum no tan inmediato. Se están convirtiendo en unas fijas del festival.