Llegué con Nuria Graham enfrascada en su folk voluble con tintes psicodélicos. A ratos me recordó el radio de acción de Ryley Walker. Quizás así hubiese sonado una Joni Mitchell adolescente de haber nacido tras el impacto de Nirvana.
“Thank you for flying Montero today / You got a first-class ticket going all the way”. La sorpresa de Montero no está tanto en la accesibilidad de los estribillos como en su luminosidad. Australiano con aire de Fernando Tejero rodeado de músicos griegos con apego por baladas italianas, haciendo de Destroyer amanerado. Con una pizca de Jarvis Cocker. Y lejos de la órbita anglosajona. ¡Qué bien se está lejos del hype!
Más atención necesita lo de Nick Hakim, neoyorkino de ascendencia chilenoperuana. Es soul por el falsete vocal y la estructura, pero los soundscapes son más turbios. Ecos de guitarra y bajo operan en clave dub obteniendo un efecto líquido opaco. Entre el terciopelo y la navaja. A pocos metros, el reverso de la moneda con Rex Orange County, joven talento en vías de acariciar el estrellato. Música jovial sin señales inquietantes, con la mirada puesta en el vintage singalong de los cincuenta, tan feliz y desenfadado arropándose en sus fans que queda disimulada su falta de soltura profesional. En cualquier caso, flotó una especie de brisa recorriendo la espina dorsal de los ingleses entusiasmados. Similar fue la sensación desprendida por Tom Misch, cuyo estilo también evoca tiempos pretéritos aunque más influido por los sonidos hip hop. Entre ambos, Rolling Blackouts CF dieron una masterclass de tres guitarras con libreto Feelies. Sigue valiendo básicamente el mismo texto que cuando les vi en febrero pasado en Laneway, pues no han querido arriesgar presentando muchos temas del disco nuevo. Tampoco Slowdive han variado su repertorio desde aquellos días de febrero: quizás la mayor presencia vocal de Rachel en dos piezas robando versos de Neil. Como siempre, la masa de sonido es TAN grande que uno mira el escenario, se estremece, desvía la mirada nuevamente al cielo, como el día anterior, mientras surca un avión, y empieza a creer en los milagros del infinito tras desplomarse toda la civilización ante los acordes finales de “Golden Hair”.
No tan satisfactorio fue el balance dejado por los californianos Jay Som. De entrada les tocó un horario de gran competencia, viéndose mermada la audiencia `casual´ (Grizzly Bear y Lorde en los otros escenarios). Pero ellos tampoco hicieron demasiadas concesiones en su estilo de pop disfuncional, dejando morir un guión atípico como el de sus canciones sin dotarlas de un epílogo memorable. Muchas ideas y muchas posibles soluciones; deberían atinar con la más atinada en el futuro.
Hacía falta mucha fuerza de voluntad para ver a Arctic Monkeys a 200 metros aplastado por tropecientos incondicionales coreando sus favoritas. Ser de la tribu o no ser. Como experiencia está bien durante diez minutos, sobre todo cuando interpretan “I Bet You Look Good OnThe Dancefloor” … y todo se acelera. Pero a la media hora, visto que ya no están en edad de descargar dos seguidas en esta dinámica, y que Alex anuncia entrar en este nuevo álbum tan falto de vitaminas, lo mejor es alejarse del epicentro y asistir a otro cuarto de hora desde la periferia antes de rendirse: Alex en la pantalla cada día se parece más a Bono.
Una pequeña pausa en el largo camino que lleva del escenario mango al Bacardi Bits sirve para comprobar que a Deerhunter también le ha castigado el hecho de soalparse con los británicos (aparte de que algún tema nuevo indica que se le está pasndo el arroz). Toca capear con el anacronismo de Jon Hopkins. Con un álbum repleto de matices donde en directo contribuye lo audiovisual -imágenes muy atractivas, además de los tramos con las dos aparcaaviones haciendo dibujos tipo espada láser- invitándonos a explorar paisajes de gran plasticidad, nos hemos a adaptar a la demanda de la clientela de esta franja horaria -obsesionada con sus drogas y el ritmo-, y ceder a la dictadura de los bpm. Salí con la sensación de que, con otro público más receptivo a todo el espectro sensorial de su música, habría salido de allí pensando en el mejor concierto de techno de todos los tiempos. Y, enfrascado en reflexiones así, pasé casi de largo por los últimos minutos de Beach House. Me pareció indigno limitar las virtudes del extraordinario “7” en el marco de un macroconcierto así.