De nuevo dándole vueltas a la definición de pop. Desde el punto de vista del rock, trataríase de canciones de guitarras cristalinas operando desde la estructura propagada por The Beatles entre 1963 y 1965. Pero pop es más que esto desde una perspectiva más amplia. Pop es popular. Pop es comercial. Pop es innovación emergiendo desde las entrañas del mercado discográfico. Ahora bien, que el pop de Tove Styrke -fraguado sobre una mezcla de estructura R&B y pinceladas de synth pop- reciba el beneplácito de un aficionado al rock, ya es otra cuestión.
Ocho canciones en menos de media hora conforman “Sway” (Sony Sweden 2018) de esta sueca que empezó a publicar en 2010 tras la estela de la sueca Robyn y la noruega Annie. Personalmente creo que se trata de un trabajo interesantísimo, tanto por el andamio -gente del entorno de Katy Perry y Britney Spears- como por ofrecer estructuras imaginativas. No es R&B. No es synth pop. Es un disco de pulsaciones cuyo minimalismo rítmico no le impide algún matiz atronador. Me asombra la manera de construir espacios para que su voz dibuje la melodía tras una inflexión vocal. Styrke utiliza trucos accesibles ancestrales -genial el coro con el yeah yeah yeah en “Sway” o el ap ap ap ap ap de “Say My Name”- como coletillas para engarzar estrofas, entre pulsos cimbreantes como el de “On The Low” y concesiones a los straight desde lo oblicuo (“On A Level”). Y además se atreve con una versión de “Liability” de Lorde.
No hay que buscar coartadas intelectuales ni utilizar lenguaje perdonavidas. De algún modo, escucharla es aceptar la dignificación de un tipo de música habitualmente repelida por los iniciados por el mero hecho de estar ya pensada con fines comerciales. No hay nada malo en ello si uno sabe disfrutarla, tento en un entorno hedonista como a solas con los auriculares disfrutando de sus infinitos detalles. Y no vale escudarse en la excusa de la bonanza estival para aprobarla. Escapismo de alto standing.