Paseo marítimo de una población costera importante. 7,45 de una mañana de junio. Me calzo las deportivas y salgo a andar un rato. “Singularity” (Domino 2018) de Jon Hopkins en los auriculares. Entra “Singularity” con esos teclados recios y secos, aguantando. Camino agazapado tras las gafas de sol escrutando las facciones de la gente con la que me cruzo. Los jóvenes mayormente corren, con vestimenta conjuntada en cualquier Decathlon en época de rebajas mientras los mayores, dependiendo del esfuerzo que pretendan hacer -físico o económico-, visten como pueden. Sobre el minuto y medio, la canción empieza a marcarme un ritmo a modo de ruego para que le siga, mientras por entre el paisaje nublado se cuelan tímidos rayos solares en un efecto mágico. El mar cobra vida, los azules reverdecen. Noto cierta vulnerabilidad ante la melodía triste. Más gente en el campo visual. Una turista joven hecha unos zorros, posiblemente nórdica, sin dormir tras la noche del sábado, reposa sentada en un banco mientras un grupo de franceses con pinta chunga de alguna banlieue marsellesa y ademanes lascivos le sacan fotos con el móvil. Huele a manada. Intentemos no pensar en lo peor.
Sigo caminando. La música de Hopkins me arrastra al pozo de mi imaginación. La intro de “Emerald Rush” bien podría llevarme a un prado suizo, antes de engarzar la secuencia de subida inexorable, deleitándome con la colcha boreal de los teclados que me guían al fondo con una belleza indescriptible pese al endurecimiento del ritmo. Podría ser una noche cualquiera sobre el asfalto mojado de la ciudad escuchando “Neon Pattern Drum”, con sus pulsaciones entrecortadas en busca de una vía mayor. Cuando la encuentran se lanzan, pero no tardan en averiguar que transitan por un páramo que, por obra y gracia del autor, acaba convertido en vergel.
A la altura de “Everything Connected”, instalado sobre su galope, percibo las facciones de los rostros de los viandantes -sudorosos en su afán por luchar contra el colesterol y la balanza- con esa mezcla de ansia -sí, para algunos es vicio eso del deporte matinal- y sufrimiento que de pronto se torna alegría en el cuarto minuto de la pieza. Los teclados la liberan antes de proseguir. Apunto el título. Todo conectado. La música de la tribu puede ser también la de la soledad -a punto de gritar atrapado en la gloria de “Feel First Life”-, para concluir con una moraleja: no estamos solos. El brillo del azul quema la vista, empañada de felicidad escuchando cómo desarrolla los once minutos de fábula de “Luminous Beings” enganchándola con el intimismo de “Recovery”. Todo un viaje. Es hora de volver e intentar contarlo.
Cuando la música electrónica es capaz de emitir tantas sensaciones como las propuestas por Jon Hopkins, empiezo a creer en el futuro de la humanidad. ¡Qué grande!