Muchísimos obituarios dicen que Aretha Franklin era la mejor cantante de soul de todos los tiempos. No sé si es o no cierto, pero su muerte me permite reivindicar “I Say A Little Prayer” como una de mis canciones favoritas -y no solo de soul- de siempre.
Seguramente influyó haberla escuchado -con atención- por primera vez a los 12 años, cuando mi cerebro empezaba a ser permeable a la música. Entonces ya me gustaba mucho, aunque la división en aquella época entre `lentos´ y `rápidos´ la dejó un poco en tierra de nadie, y no fue hasta la lista de mejores canciones publicada por el NME en 1987, situándola en primera posición, cuando me percaté de su importancia en mi formación musical.
La pieza tiene varios elementos clave. En primer lugar la interpretación sobrenatural, única, sublime y jamás igualada de Aretha -seguirla es entender el significado del término `soul´-, muy bien arropada por una instrumentación solvente a la hora de resolver los altibajos de la composición. Entonces cobran importancia los protagonistas: la batería de Roger Hawkins (el de Muscle Shoals), los coros de Sweet Inspirations o la guitarra de Tommy Cogbill (el bajista de “Son Of A Preacher Man” de Dusty Springfield o de “Memphis Soul Stew” de King Curtis), tan recatados como a veces prominentes.
Volvamos sin embargo a la partitura. Composición de Burt Bacharach y Hal David para Dionne Warwick, que la popularizó tras editarse en octubre de 1967. Pocos meses después, en julio de 1968, medio al azar, publica Aretha una versión en principio condenada a ser el reverso de “The House That Jack Built”. Mucho más pasional que la estilísticamente correcta toma de Dionne, con una construcción monstruosa (la guitarra dulce y el piano, sus increíbles quiebros vocales frente a los coros, las cuerdas), no tarda en llamar la atención por la combinación de guitarras finas y orquesta, rápidas o lentas, donde ella tanto puede desbordar como transportarte a través de un hilo de voz a la eclosión final, tras la cual se produce el precioso estertor. No es una balada de soul típica. Ni de gospel.
Son incontables los muchos temas preñados de originalidad en aquellos días, cuando la música pop se ponía a la altura exigida por el momento -1968- de excitación ante la creatividad colectiva. Pero éste se ha mantenido históricamente como un hito irrepetible. Aretha decidió morir un 16 de agosto, como Elvis. Y como mi madre. Ojalá yo supiese cantarle esta pequeña grandísima oración.