Otra apuesta segura. ¿Podría alguien citar un disco malo de RyCooder? Su profundo conocimiento de la tradición musical norteamericana le ha hecho inmune a los patinazos, incluso cuando las incursiones han derivado en aventuras (tex mex, música cubana, afro, etc). Siempre además con un enfoque acertado que no elude, a veces más y otras menos, lo social. Porque la música, su música o la madre de ella -el blues-, conlleva en sus genes la divulgación de la injusticia, sea mostrando los sonidos de los años de la Depresión como la protesta por los desahucios para construir un estadio. Últimamente -seis años- no se hablaba mucho de él. Aquí viene pues “The Prodigal Son” (Fantasy 2018) para remediarlo.

Todo un retorno a los orígenes; o al menos a aquel sonido ya bien engarzado cuarenta años atrás con “Bop Til You Drop”. Música tradicional de matriz negra a la que se aplica su energía singular, tanto en la construcción del ritmo como en la mordida de la guitarra. Versión de “Straight Street” de Pilgrim Travelers para empezar -solo tres de los once cortes son suyos, y uno va dedicado a Woody Guthrie-, con esos coros entusiastas. Después viene el groove impagable de blues de porcelana de “Shrinking Man” -arranca con mbira-, o esa guitarra hiriendo con las voces de color (personal y tradicional a la par); es de Blind Willie Johnson, como también “Nobody´s Fault But Mine” (pelín obvio el toque espiritual, que se hace escuchar debido a los drones del fondo).
Interesantes también son las versiones de “You Must Unload” de Alfred Reed, así como las resonancias acústicas de “Harbor Of Love” de Carter Stanley. El álbum se cierra con el cover de “In His Care” de William Dawson, dejando la sensación de haber recuperado de las garras del destino una carrera cercana al ocaso, sobre todo teniendo en cuenta que, entre colaboraciones vocales como las de Bobby King, está la de Terry Evans, fallecido justo después de la grabación. Y es que Ry siempre ha apostado -como en el caso de “Buena Vista Social Club”- por dejar grabadas para la posteridad briznas de talentos impolutos que el mundo no supo reconocer su verdadera valía, en su momento. La música en estado puro. Sin envoltorios.