Imaginemos un nexo común entre el rock -y pop- de las costas australianas y la costa oeste -tanto California como Wahington- norteamericana. Gabriella Cohen, desde las antípodas, tiene a bien evocar en su segundo álbum titulado -¡¡qué bueno!!- “Pink Is The Colour Of Unconditional Love” (Captured Tracks 2018) las bonanzas de ambos. Sin perder el respeto a los patrones clásicos.
Con una portada muy expresiva -pregúntenle a los Jordis- y un cancionero tan clásico como versátil, de técnica apañada para sacarle brillo a las seis cuerdas sin quitarle personalidad a cada composición, Gabriella exhibe músculo cuando toca, combinando en el camino varias modalidades de vulnerabilidad. En dos canciones consecutivas recurre al vintage -en “I Feel So Lonely” y “Miserable Baby”- pero en la segunda opta por el minimalismo tipo K Records; en “Morning Light” se inyectan fragmentos de bossa al country, en “Baby” pasa de refilón por Alvvays (con final de guitarra onda neoyorkina Mark Mulcahy), y en “Recognise My Fate” asoman tics del apellido del famoso de los Cohen.
Volviendo a la otra costa, las guitarras ásperas convidan a unas cañas al Neil Young beligerante; no en vano el tema se titula “Neil Young Goes Crazy”. Parece que Gabriella está interesada en poner también el acento en su vertiente guitarrista, como deja entender en las cenefas del blues dinámico “Hi Fidelity” y en el epílogo con “Sky Rico”: seguramente la mejor canción para reflexionar acerca de las anteriores. Silvestre, aussie, con armónica y guitarras lloronas punteando su fraseo melódico, a modo de vals perfecto para cerrar el telón.