Cuando se publicó “Double Negative” (Sub Pop 2018) de Low en el mes de septiembre, escuché tres canciones en Internet y quedé conmocionado. Curiosamente las tres primeras. Una “Quorum” granítica mostrando fisuras por donde se colaban las voces resquebrajadas, a la que seguía el pulso de un corazón enfermo de “Dancing And Blood” bombardeando una desolación dulce apedreada. Cuando la volví a escuchar respaldada por el videoclip de Karlos Rene Ayala, tan brillantemente sórdido, me remató. Y tras ella este dechado de hermosura rota que es “Fly”, evocando el primero de Portishead, tan bien ambientada con la voz de Mimi tocando el cielo: como guinda, el videoclip de Mark Pellington con unos añadidos en sonido que la hacen aún más cautivadora.
Obviamente encargué el disco. Necesitaba gestionar mi asombro ante este giro en una carrera siempre inquieta. Low jamás se habían acomodado, pero un salto tan extremo no era esperado, por mucho que supiésemos que repetían productor (B.J. Burton) y ya eran famosas su segundas grabaciones -siempre más arriesgadas- con el mismo productor. La guinda llega en forma de oferta de entrevista para Rockdelux antes de su actuación en Fabra i Coats. Me emborraché de Low durante los días previos hasta llegar a pensar que “Double Negative” es el mejor disco de 2018.
Cuando llegué al recinto una hora antes de lo pactado, estaban en pleno soundcheck. Al terminar, y mientras se producían las presentaciones de rigor, Mimi llamó con el móvil a casa. The kids, you know. Hollis y Cyrus deben estar ya en edad universitaria, pero una madre lo es hasta que muere. No fue una super gran entrevista, pero me encantó conocer en persona -con Alan ya había hablado vía phoner en 2001- a unos músicos que han marcado en parte mi gusto musical, y que sobre todo tienen los arrestos -a su edad- para seguir mirando hacia adelante con curiosidad y sin miedo. Podría haber elaborado mil preguntas de fan para desentrañar la madeja de estas nuevas composiciones, sabiendo que ni el espacio ni su tiempo serían condescendientes conmigo. No importa. En verdad, lo que importa es escuchar las voces pasadas por lo sintético en “Always Trying To Work It Out”, la misa gélida de “The Son, The Sun”, la plegaria digital de “Poor Sucker”, el paso de semana santa entre llamas de “Rome”, o el cierre maestro de “Disarray”. Lo que importa es ese pedazo de álbum atronador y destructor, ante el que no hay defensa posible si se está atento. Lo que importa es respirar muy hondo tras escucharlo y sentirse mejor. Y si no es disco del año, poco le faltará.