Pensemos. Un músico experto en percusión, mano derecha de Justin Vernon en Bon Iver, y que toca en “Carrie & Lowell” de Sufjan Stevens, estará mejor preparado para abordar composiciones frágiles que el batería de una banda punk. Y si saca provecho de su relación con ellos -y me consta que S. Carey es algo más importante que un simple músico de sesión- a la hora de enfocar su discografía en solitario, todos contentos.
Sobre todo nosotros. Porque “Hundred Acres” (Jagjaguwar 2018), su tercer álbum, es otra maravilla de sensibilidad invernal a flor de piel, sin nada que envidiar a Vernon o a Stevens en el plano estructural y ornamental, y casi a su altura -no hablamos de textos- en melodía y composición. Sean goza de la misma buena mano con la evanescencia vaporosa de la patente de Eau Claire, y dobla su susurro como el autor de “Illinois”. En “Rose Petals” es lo primero que destaca. Después vendrán temas más sutilmente complejos como “Hundred Acres” (colabora Casey Foubert, el de Sufjan, Shins y Rocky Votolato), donde el trabajo subterráneo de la percusión jamás interfiere en el primer plano de las cuerdas. Como “Yellowstone”. O “Meadow Song” junto a Jeremy Turner (Sting, Mariah Carey). De algún modo este álbum se acoge como más acústico y menos percusivo aún que el anterior (“Range Of Light”) aunque tan solo es una impresión aparente de unas composiciones íntimas y apacibles, refinadas, en las antípodas del noise que demandan las grandes audiencias. Dejemos que “Hideout”, “Fool´s Gold” o una “Meadow Song” en capilla nos inunden de belleza. El día que los gregarios tomen el poder habremos salvado a la música.
Algunos discos se deslizan solos rumbo al reproductor cuando necesitamos tranquilizarnos. Cuando buscamos un poco de paz.