Otro talento ninguneadísimo por la vorágine mediática de las tendencias. Mientras en un mundo perfecto Bill Ryder-Jones sería uno de los artistas mejor valorados, en el real -tras cuatro discos sin mácula- apenas es conocido por el sector minoritario más atento a los sonidos que a las imágenes y titulares.

Tampoco -como muchos músicos enfrascados en explorar su sensibilidad- él hace demasiado por popularizarse. Publica “Yawn” (Domino 2018) cuando ya todos los medios han perfilado la lista anual, y apenas dedica tiempo a la promoción, limitándose a reivindicar en público a los artistas que ejercen el oficio honestamente. Y musicalmente no especula. Sabe lo que quiere y cómo obtenerlo a nivel sonido, autoproduciéndose. Esta vez no se ha quedado en el intimismo acústico -aunque sienta de maravilla la voz sobre cuerdas severas en “Recover”- sino que explora la desazón apelando a acordes de guitarra más hirientes, a veces -caso del latigazo en medio de “There´s Something On Your Mind”- incluso lacerantes. El contraste entre el tono al borde del susurro y acordes más desgarradores – puede recurrir a la épica de unos Mogwai con Neil Young en el zurrón, como en “Mither”- le deja esta vez unos decibelios por encima de otros expertos en sangrado nocturno como Dan Michaelson. Y el cuidado con las texturas puede hacernos remontar a Talk Talk, así de bien ambientado está el disco, que a ráfagas repasa clásicos (pese a los acordes ácidos, repetir las palabras `my mistress´ en “And Then There´s You” lleva directamente a los albores de Mark Kozelek).

En definitiva, aunque más crudo a ratos que antes, Bill combina perfectamente -en “There Are Worse Things I Could Do” por ejemplo, o en una “John” circular- el nuevo enfoque con el anterior. Beautiful beautiful noise.