“On Dark Horses” (Emma Ruth Rundle). Podría parecer que en 2018 las mujeres con discos famosos ya han copado todos los espacios posibles. El de esta californiana operando en Kentucky desde Louisville no obstante ha estado poco transitado. Una suerte de slowcore que mezcla arpegios de cristal con guitarras tórridas -¿PJ meets Olsen?- cuyo discurso catártico bucea en aguas oscuras inquietantes (produce Kevin Ratterman, asiduo de Jim James). La soledad de arpegios como los de “Apathy On The Indiana Border” incrementa la ansiedad cuando entra la percusión y el lamento de ella; las descargas eléctricas saltan por doquier desde el inicio con “Fever Dreams”. Acordes dramáticos, desgarradores -cual Low desbravados- con un punto gótico si la acompaña una voz masculina (“Light Song”). Y con epílogo de belleza Mazzy Star (“You Don´t Have To Cry”). Acciones en alza. Compren.

“LUMP” (LUMP). Laura Marling en formato folk nunca ha sido de mis preferidas. Reconozco sin embargo que en esta otra proyección, con fondo electrónico a cargo de Mike Lindsay de Tunng, ha hecho pleno. Su voz envuelve de manera especial con teclados. Debería compararse con Sylvan Esso aunque éstos son más físicos. Laura aquí disfruta de la introspección -deslavazada y hermosa- en “Late To The Flight”, confirmando las ganas de explorar en “May I Be The Light”. La perla del lote -y una de las del año- llega en “Shake Your Shelter”: lo sensorial trepando a sus órdenes hasta con el filón del coro para reseguir juntos una senda de gloria. Tras ella, incluso el recitado de los créditos -“Lump Is A Product”- emociona. Ahora sí creo la adulación recurrente: es capaz de emocionar incluso leyendo la guía telefónica. Pues sí.

“Aviary” (Julia Holter). Un alma libre experimentando en el pequeño universo que se ha creado para este doble álbum. En su centro encontraremos muchos pasajes abiertos, a veces esbozos de estructuras de canción -pocas entendidas como tales- a partir de ruido (más bien ruiditos). Un poco díscola cuando se extiende en lo esotérico (los siete minutos de “Everyday Is An Emergency”) y más accesible en lo fílmico (“Chaitius”) o al desarrollar una autopista entre la quietud onírica del espacio exterior y el caos voluptuoso al que conduce (la conexión entre “I Shall Love 2” y “I Shall Love 1”). Todo se asimila mejor si nos dicen que es una poetisa encerrada en el aviario describiendo pájaros con sonidos (algunos profusamente orquestados).

“Grid Of Points” (Grouper). Siguen vigentes adjetivos en la descripción de “Ruin” utilizados aquí: desolación, melancolía cálida, ensoñación irreal, espacio infinito, parámetros recogidos y plenamente bello. En estos veinte nuevos minutos la voz y el piano de Liz Harris se escuchan tan cercanamente lejanos como antes. Parece la bienvenida de un alma que te está invitando a traspasar un umbral para abrazar la belleza en una nueva dimensión. Y, según tu estado de ánimo, puedes llegar a creer que lo has traspasado, al menos momentáneamente. Una droga que no está prohibida.

“Let Night Come On Bells End The Day” & “Gave In Rest” (Sarah Davachi). Dos discos en 2018 (cinco en tres años) para esta canadiense estudiante de electrónica experimental. En “Let The Night Come…” se aplica con juegos de resonancias y drones. Un ambient minimalista -ése de aguantar mucho tiempo una nota sostenida variando la tonalidad- básicamente ejecutado con máquinas (algún piano se escucha, como en “Buhrstone”). En “Gave In Rest” no obstante arranca más disonante para ir deslizándose hacia un ambiente de abadía (“Third Hour”), incluso de espiritualidad rayando la veta hindú (“Gilded”). Ya utiliza más instrumentos, ayudada por la violinista Jessica Moss (A Silver Mt Zion).