“re:member” (Ólafur Arnalds). Solo pensar que es islandés y trabaja con la electrónica desde una educación de piano, como su amigo Nils Frahm, ya predispone: la música de Ólafur no puede ser más que un derroche de belleza invernal. Escucharla es entrar en una fase de humor especial, introspectivo, al acecho de que cada tecla que se pulse nos hará sentir un tibio escalofrío pensando en un paisaje nevado en el exterior. Interiorismo en las formas y en los sentidos. Sobre todo cuando este espíritu de reclusión invernal se deja manipular por un fondo rítmico escondido en “re:member” tipo Jamie XX. Se trata precisamente de combinar las dos sensaciones: el piano de recogimiento de “saman” frente a lo repetitivo exultante de “ekki hugsa”, entre el paisajismo floral (“inconsist”), la grandeza orquestal (“partial”) y la magna introspección (“nyepi”, seguramente dedicada al Día Del Silencio balinés y su espiritualidad singular). ¡¡Qué maravilla!!

“All Melody” (Nils Frahm). Verle y escucharle este año en directo, cercado por sus teclados cual Keith Emerson o Rick Wakeman hace medio siglo, ha sido una experiencia única. Nils sin embargo no hurga en el sinfonismo virtuosista espectacular sino en otro tipo de plasticidad. Texturas distintas a base de suponer capas de secuencias. Puede ser más aislacionista (“My Friend The Forest”) o utilizar el pipe organ como elemento de percusión (“All Melody”, “Kaleidoscope”) con un repiqueteo hipnótico muy particular. Busca la belleza como Ólafur Arnalds aunque, al ser más de sonido de claustro -por alemán, por organista- trabaja la tecnología desde prismas ambient y minimalistas. Con efectos sobrecogedores.

“Safe In The Hands Of Love” (Yves Tumor). La verdad, no suelo aguantar este tipo de discos enteros. Éste sin embargo, al llegar al segundo corte “Economy Of Freedom”, tras unos instantes de asfixia, consigue enganchar. Primero descolocado y después arrastrado a horizontes que empiezan a abrirse. “Noid” trabaja sobre un funk lejano evocador, pero es “Lifetime” la que vence definitivamente con el flujo jazz dando alas a los coros mientras -momento sublime- se yerguen los vientos arropando la frase `and I miss my brother´. Me hubiese gustado otro golpe de efecto similar -lo más parecido, el reverb inicial de “Recognizing The Enemy” que hiela el corazón- antes de que la correosa “Let The Lioness In Your Flow Freely” -sí, también trepan los vientos- baje la persiana. Igual con el tiempo me acaba entusiasmando entero.

“Heaven And Earth” (Kamasi Washington). Si de minutos se trata -dos horas y media-, disco del año. Nueva entrega mastodóntica que el saxofonista divide en dos partes bastante elocuentes: cielo y tierra. Para que nos entendamos, en `cielo´ suelta algunos arreglos de ésos tan suyos con una masa coral de tropecientas voces -cosa que a mí no me transporta, como tampoco el mesianismo de Flying Lotus- y bastante jazz clásico, cálido, a veces tropical, y casi siempre fabuloso. `Tierra´ empieza con formas jazzísticas más rítmicas y carnales, sin renunciar a la orquestación suntuosa. Lo dicho, un monstruo -ahora mismo el Messi del saxo- cuando se desprende de esa megalomanía sonora que a veces parece final de peli tremendista subvencionada por el opus.