“All That Reckoning” (Cowboy Junkies). La plenitud de la madurez sin cadenas. Ya liberados del síndrome de “The Trinity Session”, transitan por un sendero donde convive la reivindicación social, la aceptación de un adulto, y un sonido que, sea litúrgico o eléctrico, rebosa intensidad una vez Margo Timmins aporta la voz. Esa quietud es tan reconfortante como desoladora, y produce escalofríos cuando se junta con el rasgueo profundo (“All That Reckoning Part 1”), cuando explora lo eléctrico (“Missing Children”), define el blues (“Mountain Stream”) o maniobra sigilosa (“Shining Teeth”). Treinta años juntos. Para seguir amándolos.

“For My Crimes” (Marissa Nadler). Siempre recomendable y en plenas facultades de su vertiente entre confesional y fantasmal, aquí explora los arpegios de acústica sobre sábana electrónica (“Are You Really Going To Move To The South?”) y el rasgueo de cuerdas (“Lover Release Me”, “Dream Dream Big In The Sky”, “Flame Thrower”), hoy bien acompañada tanto en la producción de Justin Raisin y Lawrence Rothman (también de Angel Olsen que, además del bajo, la dobla vocalmente en “For My Crimes”) como en el nutrido grupo de músicos amigos. Ahí está la percusión de Patty Schemel de Hole, Sharon Van Etten (en un título tan mágico como “I Can´t Listen To Gene Clark Anymore”), o el saxo de Dana Colley (¡¡¡el de Morphine!!!) en “Blue Vapor”. Ya no puedo escuchar a Gene Clark. Sin ti.

“Premonitions” (Miya Folick). Arrebatadora voz desde L.A, debutando con una entrada intimista electrónica (“Thingamajig”) para pisar más firme en “Premonitions”. A medida que discurre el disco, la voz se zafa de la timidez para buscar himnos más aparatosos con gorgoritos tipo Florence (“Leave The Party”) sin dejar ningún argumento en la cuneta (“Stop Talking” es groovy, “Baby Girl” más florida). Potencial comercial tremendo.

“I´m Terry” (TERRY). Pop quebradizo que empieza con teclados obsesivamente sinuosos en una “Carpe Diem” donde se declama -muy a lo Pet Shop Boys- mi casa es su casa, c´est la vie. Su pop, de regusto militante punk, con guitarras afiladas sobre bases cortantes primarias que no renuncian a la diversión más cálida de su ascendencia australiana, es de un abanico diverso a lo largo de las piezas donde lo arty convive con lo fresco. “Oh Helen”  es la pieza más asequible, pero todas las demás tarde o temprano muestran sus virtudes. Desde Melbourne una vez más.

“Slow Air” (Still Corners). Un gancho misterioso, cercano al guilty pleasure, me une a este grupo londinense. Grabar el disco en Texas ha supuesto untar de aridez la cuerda rítmica de su dream pop. A veces con ribete vaporoso (“In The Middle Of The Night”) o en plan Chromatics low cost (“Sad Movies”, “Fade Out”), brillan cuando el guión trazado por la guitarra se impone (“The Message”). Y siempre con un corte mainstream apuntalando el potencial de Hughes y Murray (“Black Lagoon”).