Existe cierta percepción consensuada. Mientras el rock y sus variantes apenas han encontrado espacios para avanzar durante el último cuarto de siglo, la música de color se muestra mucho más exploradora. Y aunque no siempre es así, cada pasito atrás supone después un par de pasos hacia adelante.
Este es el caso de “When I Get Home” (Columbia 2019), cuarto álbum de Solange. De buenas a primeras parece un trabajo semiconceptual donde fluye el terciopelo sonoro y la apelación recurrente a los sueños. “Things I Imagined” entra flotante, dominando los teclados, sin percusión, creando una nebulosa que se disuelve en una “Down With The Clique” asentada sobre percusión lenta (presente Tyler, The Creator). Es como combinar los recursos estilísticos del hip hop (“Way To The Show”) en un pentagrama arreglado por Stevie Wonder (“Dreams”).
Dentro de un ambiente construido con su personalidad creativa, el disco es sumamente variado. Solange no arrincona nada: lo mullido de “Stay Flo”, la militancia social (“Almeda”), los bajos sinuosos tras su voz angelical (“Time”), el vacile en clave slomo (“My Skin My Logo” con asistencia de Gucci Mane), la originalidad de los teclados (“Sound Of Rain” asiste Pharrell) y la sorprendente buena mano de Panda Bear, sea vocalmente como produciendo (“Binz”, “Beltway”, “I´m A Witness”).
Conviene concluir felicitando la dirección que sigue la hermana de Beyoncé. Con su pericia compositora probada, podría arrasar en la vertiente mainstream. Por otro lado tampoco parece decidida a centrarse en exploraciones extremas que empequeñezcan su talento melódico. Está ahí, en el medio justo, como un puente acercando el pasado con el futuro, lo popular y la vanguardia. Sin ofender a ningún tímpano, y a la vez sin someterse a las tentaciones de lo fácil.