Durante algunos años le he tenido tirria a la música de James Blake, sin motivo aparente. A sus cualidades musicales prodigiosas habría que sumarle el ingenio de una música edificada sobre electrónica de última generación, fundiendo ritmo, minimalismo y melodía con cuatro trazos resaltando los detalles más minúsculos. ¿A qué se debía entonces mi antipatía? ¿Sobreactuación con las cuerdas vocales como Antony (cuando Nina Simone es mucho más natural)? ¿El abrazo de las tendencias (dubstep) idolatrando emociones desproporcionadas? Porque el vacío que se creaba entre sus notas no era el vacío desolador que me estremeciese, sino el vacío de la nada.
Las cosas fueron cambiando poco a poco a partir de “Overgrown” hasta llegar a un tercer álbum bastante más emocionante y terrenal; y sobre todo cambiaron para mí cuando escuché su versión de “Vincent” de Don McLean porque, además de la interpretación consiguiendo transmitir justamente lo que yo percibía del tema, mostraba un background de alguna manera relacionado al mío. Se estaba convirtiendo pues en un tipo de fiar.
Sin embargo, como hay gustos para todos, su nuevo trabajo “Assume Form” (Polydor 2019), que me gusta bastante, es el que más reseñas negativas ha cosechado (sin por supuesto eclipsar las positivas), esgrimiendo como defectos precisamente lo que otros consideramos virtudes. Es más, cargan contra la segunda mitad del disco, cuando ahí es donde más me vence. En la tonada popular cuando empieza “Can´t Believe The Way We Flow”; en el romanticismo de instrumentación final tipo Tom Waits de “Are You In Love?” (a pesar del autotune); en la colaboración con un André 3000 muy funk/hip hop en “Where´s The Catch?”; en la belleza tan lograda de “I´ll Come Too”; o en la sutileza de la electrónica de “Power On” con el tintineo de la percusión. Tampoco queda mal el arranque del disco con la disimulada presencia de Broadway en el piano conductor de “Assume Form” o la presencia de Moses Sumney en “Tell Them”. En cambio, el único momento que todos están de acuerdo en ensalzar -la sociedad con Rosalía en “Barefoot In The Park”- a mí me parece antinatural y propiciado más porque convenía mediáticamente a las dos partes que por fruto de una inspiración conjunta memorable. A pesar de ello,la inclinación de Blake por las líneas más formales -será que vivir en Los Angeles, sin la grima climática británica, incita a lo acomodaticio- a mí me ha ido muy bien, pues deja en primer plano a las composiciones. El fin por encima de los medios.