Lo reconozco. Últimamente me daba pereza escuchar a Kurt Vile. Y sobre todo cuando veo que “Bottle It In” (Matador 2018), el nuevo, lleva -de las trece- dos piezas de más de diez minutos, una de nueve y otra de casi ocho (en el anterior, “B´lieve I´m Goin´ Down”, ninguna sobrepasó los siete).
No obstante, una vez inmerso en la telaraña fascinante construida, al cabo de unos meses he acabado rindiéndome. No sé qué drogas toman Kurt y Mac DeMarco pero a menudo pienso que es la misma, solo que la sintetizan de modos distintos. Esa letargia, ese presentir que sus guitarras podrían surcar el espacio a gran velocidad pero que terminan en una de crucero apacible y envolvente, donde el humo perfila el paisaje difuso (también ayuda titular álbumes como “Walkin´ On A Pretty daze” o “Smoke Ring For My Halo”). Contribuye a ello conjugar su bien ganada fama de guitarrista con una tendencia a aplicar la electrónica a modo de fondo eléctrico -el sonido backwards de “Bassackwards”-, así como la diversidad de opciones que escoge. En la larga pieza titular juega con el fingerpicking con una lira sobre efectos sutiles de sonido. En “Rollin´ Withe The Flow” entra como si fuese a hacer una versión de Bread -tirando de country folk a lo Jim Croce: versión de Jerry Hayes- pero en seguida se desmarca volviendo a desplegar su cada vez más prolífica narrativa cercana al monólogo. En “Come Again” busca el ritmo teutón con banjo, y en “Cold Was The Wind” encuentra una pátina añeja con pulso robado inicialmente a J.J. Cale -el título también le evoca- para entrar en una dimensión extraordinariamente ambientada…y con humos. Lo que más se agradece no obstante es lo llevaderas que son las largas. No las estira por el morro; simplemente necesitan tomarse este tiempo para impregnarnos del todo.
Yo por mi parte me he quedado prendado de “Mutinies”. Me dejaría llevar por su cadencia hasta el fin del universo. Ahora mismo me parece su mejor álbum.