Me encantan los atardeceres a primera hora en el escenario Ray Ban sentado a la sombra de la grada fresquito mientras unos pocos se tuestan al sol de primera fila. Se respira una tranquilidad de agradecer, casi siempre acorde con lo que suena, idónea para reflexionar a remolque de la música. Observando a Lucy Dacus, me dejo llevar por su indumentaria y me vuelve la imagen de Sophie Allison de Soccer Mommy, y sobre todo la de Adrianne Lenker con su blusita recatada y su crucifijo. ¿Tendrá algo de `cristiano´ un segmento de este nuevo movimiento alternativo femenino? La chica es de Virginia, y su combinación de fórmula cantautora -una “My Mother & I” confesional, o el cierre con la nueva “I Would Kill Him”- con guitarras eléctricas intensas -pero menos que Angel Olsen- atrapan, incluida la versión de “La Vie En Rose”.
Del mismo lote pero con un look distinto, Lindsay Jordan de Snail Mail tiene un punto de sobreactuación seguramente debido a su juventud y/o a una estrategia para camuflar su nerviosismo. Antes de cada pieza perdió un promedio de medio minuto afinando -o haciéndolo ver- su guitarra. Se lo perdonamos, básicamente porque el bajista vestía una camiseta de Stereolab, y porque el punto eléctrico constante -salvo una pieza lenta más el cierre en solitario- la alejan de la típica alcoba.
El despliegue de Sons Of Kemet fue aparatoso visualmente, pero lo único que varió en la versión XL es la presencia de cuatro baterías llevando en volandas al saxo de Shabaka y al esforzado trabajo de la tuba (¿o era un sousafón?: perdonen mi ignorancia) haciendo a veces de bajo. Un bajo que, a ratos, cuando solo las percusiones lo avalaban -y perdonen otra vez la desfachatez y poco rigor comparativo-, parecía un pasaje de los primeros Santana, salvo que la intencionalidad, sobretodo con el discurso del saxo, se tornaba tan furiosa como arrebatos clásicos de free jazz en un carnaval de Notting Hill Gate. Shabaka, que ni se había cambiado la camiseta de la noche anterior con The Comet Is Coming, sopla feroz y reivindicativo: the only way out is for the system to burn.
Por su parte, Kurt Vile, dispuesto a ponerse camisa de manga larga encima de la camiseta aunque el sol le abrase, siempre gusta con ese flujo de guitarra acompañando sus frecuentes devaneos narrativos. I was on the beach but I was thinking about the bay, una frase muy evocadora que canta en “Bassackwards”, me deja flotando. Como el título de la canción “Walking On A Pretty Day” indica, ideal para transitar por días benignos. Finalmente se quitó la camisa. Antes ya se había quitado las gafas de solo dejando entrever un rictus facial similar al de Rowan Atkinson en Mister Bean.
De la sesión orgásmica del escenario Seat con Carly Rae Jepsen, Miley Cyrus y Robyn, solo escuché cuatro canciones de la primera. Concretamente hasta “Julien”. Cuestión de gustos: yo no pagaría una entrada del Primavera Sound para pasar toda la noche con este tipo de música. Dicho esto, me interesaba más ver qué tal le ha ido a Liz Phair el nuevo milenio -me pareció muy lozana pese a apenas escucharse su voz, con su pinta de ejecutiva neoyorkina vestida para una fiesta rocker: por un momento la confundí con Debbie Harry- y sobre todo presenciar en escena a CHAI, las cuatro japonesitas bulliciosas cuyo álbum me tiene pillado. Otro chute de euforia tras lo del año pasado con Superorganism. Irreverentemente positivas comandadas por la adrenalina de Mana, son como un resumen de lo que esperamos de aquel país; una fábrica de música apta para videojuegos, con melodías de regusto infantil dignas de una Heidi con helio. Y lo suficientemente descaradas para una versión a capela de “Dancing Queen”. Pusieron a la audiencia patas arriba. Mientras, en las antípodas, Aldous Harding optó por jugar con los silencios -quizás ofendida por el estruendo de Suede a poca distancia- pese a traer una banda hecha y derecha que estuvo demasiado rato -sobre todo el guitarrista- de brazos cruzados.
Mi fin de jornada intentó saciar la curiosidad con Amil & The Sniffers, rock & roll disfrazado de punk rock, con una cantante elástica y meditada actitud barriobajera australiana. Terminé con Low y una larga descarga in crescendo capaz de emocionar a un sordo con solo percibir las vibraciones. Ellos jamás fallan, porque aprovechan cualquier formato -más adrenalina en un festival, más quietud turbadora en escenarios pequeños- para experimentar. ¿Do You Know How To Waltz? One more reason to NEVER forget.