Empezar la jornada sentado en el auditori siempre anima. Los beats de Tirzah no son para bailar, y la elaboración ambiental que le construyó Mica Levi (Micachu) funciona gracias a su talento indómito a veces no correspondido: cada pulsación es un mundo para que el discurso de la de Essex cuaje. Y es sobre todo un gran aperitivo a la ristra de actuaciones de la jornada (Solange, Rosalía). En un escenario de sonorización completamente distinta, Haru Nemuri arrastra con su entusiasmo al público. Bases de pop (synth, incluso garage) programadas, y esa sensación de que los japoneses son el bienvenido antídoto naïf a los imperativos trendies de los europeos.
Sorpresa al llegar con diez minutos de antelación al escenario donde se presenta Nilüfer Yanya . Ella y su hermana, vestidas de largo y respaldadas por una saxofonista, un percusionista y un bajista, dando instrucciones a la mesa. Se entiende, pues no cuentan con la nómina productora del álbum (Joe Dworniak, John Congleton) y necesitan que “Angels” e “In My Head” sobrevivan más precarias. Aún así, muy interesante intuir el esqueleto de su manera de componer a través de la guitarra rítmica con cambios de acordes abruptos. Al lado, Frank Carter & The Rattlesnakes se centran en marcar paquete (perdón, tatuajes y stagediving) con su crudeza; y un nuevo sustantivo para la RAE. Primafuckingvera.
Entramos en la fase más discutida del cartel del PS19 con Kali Uchis. De lo mejorcito del mainstream, se agradeció su excelente educación melosa colombiana, así como sus piezas conocidas y una versión …¡¡de “Creep”!! Por otro lado a mí me decepciona -relativamente: sé que cada cual intenta sacar el mejor partido del negocio y que es parte del personaje que se ha creado Kali- el hecho de que visualmente todo gire en torno a su cuerpo y a las alusiones sexuales. Sensualidad desde el minuto cero, pero que acaba cansando. Y sobre todo incongruente respecto a las consignas del festival. Mientras en las pantallas se leen proclamas contra tocamientos y acoso, arrastrar el culo-a gatas, de rodillas, etc- de cara al público durante medio set, entre provocación y sumisión, encaja mal si se pretende luchar contra los estereotipos machistas. Pienso que su talento no necesita tirar de un recurso así constantemente, aunque vista la audiencia doctorada en reggaetón durante esta noche experimental, puede que solo estuviese dando lo que le demandan. En todo caso, ésta -y la presencia de cualquier artista del hip hop cuyos textos denigren sobretodo al colectivo femenino- es otra historia para reflexionar. O la de la infinidad de chicas que se ofenden cuando escuchan un chiste machista -que solo es humor, lo saben- y después idolatran una pieza -y a su autor- donde se las llama zorras (y que no es precisamente un chiste).
Quizás por ello, al verme rodeado por un nuevo tipo de público -bienvenidos si les ha enganchado el festival y repiten el año próximo-, me agobié ante los ires y venires de tanta chiquillada y solo aguanté un par de temas de Rosalía, por excelsa que fuera la coreografía. Pasé de refilón por Pusha T para comprobar la eficacia de su hip hop tóxico y exultante antes de ir a dar con mis huesos al montaje de Jarvis Cocker. Me quedé un rato por respeto al personaje y a mi devoción por Pulp, pero no me gustó ni el tipo de música que hace ahora ni su enfoque (acaparando tarima casi grotesco, resto de músicos en sombra, etc). ¿Mejoró durante la segunda mitad? Solo sé que me desquité con Neneh Cherry, la más solvente del lote nocturno. Es lo que tiene ser hija de Don Cherry: por mucha nueva tecnología e instrumentos electrónicos, siempre quedará el poso exquisito de quien ha mamado jazz -y liderado aquella banda tan singular como Rip Rig & Panic- y no olvida el alma. Curiosa la recuperación actualizada de “7 Seconds”. Enfrascado con Neneh, perdí casi todo el set de Solange. Por lo visto al final, desde la coreografía ostentosa hasta el tipo de música, hice bien. Un final por cierto que retrasó la aparición de J Balvin, ídolo de masas con un único ritmo que funciona estupendamente cuando impera el hedonismo gracias al gancho de esos estribillos. Presencié seis canciones, algunas de ellas grandes éxitos.
Me quedaron para el final dos chicas actualmente al alza. CupcakKe propone hip hop veloz, fácil de memorizar, contagioso y lascivo. En cambio la nigerianalondinense Little Simz, también concienciada pero según lo políticamente correcto, reclamó militancia megáfono en mano a un público apretujado en este recinto tan pequeño (cuando la organización adjudicó ubicaciones seguramente no tenía constancia de la buena acogida de “GREY Area”). La gente coreó “Selfish”, y hubo solo de batería.