En la vida, todos tenemos dos personalidades. La interna, la verdadera; y la externa, la que deseamos exportar. Cómo somos y cómo queremos que piensen que somos. Publicitar nuestras virtudes y esconder nuestros defectos, el equilibrio perfecto. Por eso, cuando de pronto un nuevo artista rompe la baraja jugando con sus dos personalidades públicamente, nos atrapa sin remisión. Sobre todo si además propone un sonido distinto -familiar pero diferente: incisivo- y lo hace desde el trono de su envidiable adolescencia. Bienvenidos al mundo de Bille Eilish.
Muy raramente nos vemos noqueados por una música que desprende un poderío nuevo y fascinante. El poder de la juventud. Dibujando con dos pinceladas de trazo grueso de bajo -gruesísimo- y su voz susurrante un universo privado donde el groove y la canción de cuna -la alegría y la ansiedad, el arrullo y la asfixia, etc- conviven desde polos opuestos enviando un mismo mensaje. “WHEN WE ALL FALL ASLEEP, WHERE DO WE GO?” (Interscope 2019) cautiva no solo por lo personal de su sonido, sino también porque revela emociones -algunas típicas teen, otras de un teen terriblemente inquietante- que los adultos habíamos olvidado. El beat de la archiconocida “bad guy” es hipermegablástico pero a la vez sigilosamente gamberro y divertido. Le sigue una “xanny”, donde la saturación brutal de bajos no impide asomar la desazón de una balada slomo, golpeando así doblemente los sentidos, y abriendo puertas para que penetre el también durísimo bajo de “you should see me in a crown”. Entre la pesadilla y lo adorable se llega a “bury a friend” y a ese videoclip muy explícito donde Billie libera sus pensamientos más oscuros, contrastando la producción aparentemente casera -genial su hermano Finneas- con la cantidad de sensaciones transmitidas (máxima economía, máxima resonancia).
Y si el disco hasta entonces era sobresaliente, un vuelco en las tres últimas piezas nos abre las puertas a su lado más vulnerable. Tres canciones lentas y tristes, con el corazón sangrando, para destapar ese vacío aterrador que toda persona padece allá por los diecisiete años. Me hago cruces preguntándome cómo demonios han conseguido los dos hermanos exponerla de manera tan abrumadora y verídica. El piano y el bajo pesado bajo los susurros en “listen before I go”, la extraordinaria fragilidad que desmonta su apariencia de chica dura en “I love you” -sí, ya sé que es una pieza que llega más convencional que el resto, pero su eficacia es letal-, y ese cierre definitivo -¿alguien le ve alguna similitud en un par de quiebros vocales con la segunda cara de “Abbey Road”?- en “goodbye” como guinda a un final tan inesperado como subyugante. Del cual nos cuesta recuperarnos por más veces que lo volvamos a escuchar.
O yo soy un inocente que sucumbe a las mentiras de la primera niñata de Los Angeles a modo de anzuelo de la industria y ésta me acaba de echar de la partida de póker con un farol, o aquí hay tema y estamos ante un disco de los que cambian nuestra percepción de la música pop. Suspicacias fuera. Un diez.