“Titanic Rising” (Sub Pop 2019), el nuevo de Weyes Blood, es de un señorial que apabulla. Viene embadurnado en una capa de sintetizadores y cuerdas a la caza de una utopía elegíaca; un manto para cobijar nuestras maltrechas buenas intenciones y protegerlas de la malicia predominante del día a día. Escuchándolo nos hace sentir mejores personas y, peligro, nos hace percibir a los demás como mejores personas también.
Natalie -su verdadero nombre- ha aprendido a vocalizar con dulzura sublime. En “A Lot´s Gonna Change”, y en alguna otra pieza como “Wild Time”, su inflexión al moldear las sílabas respira la perfección de Karen Carpenter. Siempre arreglada con pinceladas suntuosas -ensoñadoras, tal que “Picture Me Better”- y en muy contadas ocasiones saliéndose del guión -en “Everyday” roza a Beach Boys y al Brill Building, mientras “Movies” vuelve a inspirarse en la colcha electrónica tipo Enya-, coge de lo clásico lo esencial para sonar clásica pero con ese puntito sutil que la ubica en primer plano de la actualidad.
Lo mejor es que no la puedes comparar con ningún otro nombre del mercado y a la vez te inspira el recuerdo de todo un movimiento musical y social surgido medio siglo atrás. Cuando los cantautores se sentaron al piano en su cuarto y decidieron no solo protestar por lo social, sino también describir sus sentimientos íntimos. Una manera de ver pasar la vida.