Muchos aspirantes al galardón Beach-House-para-pobres se han ido sucediendo durante la última década. Algunos no obstante han conseguido dejar de mirarse en el espejo de los de Baltimore y, si bien no se puede decirse que sean mejores que éstos, al menos tienen un ramillete de temas con personalidad propia capaces de hacerles sombra. Sería el caso de Wye Oak y, en una escala más humilde, Pure Bathing Culture.
La pareja de Portland siempre ha gozado de buenos padrinos. En sus primeros destellos el productor fue Richard Swift, en el segundo álbum (“Pray For Rain”, 2015) fue John Congleton, y para este “Night Pass” (Infinite Companion 2019) están en las finísimas manos de Tucker Martine, con una operatividad caleidoscópica que tanto aporta el octanaje justo para que ningún tema suene demasiado grandilocuente como respeta las reglas de los subgéneros que manipula. Y, para un docto en country como él, asombra su resolución en el corsé pop. Al principio parece música para charts (“Devotion”) pero enseguida traspasa a un estrato más impactante -el brío de “Black Starling” es pura gloria- manejando los distintos ambientes, como la muy Beach House -con el plus de una rítmica dorada- “Ad Victoriam” donde Sarah Versprille transmite todo el fragor que su presencia escénica aún debe resolver.
Aunque los estribillos eighties de “All Night” y “Remember” destellen -¿Fleetwood Mac?-, la segunda mitad transcurre a un nivel ligeramente inferior, disimulado con una “Violet A Voyager” final también para enmarcar junto a cualquier composición de Victoria Legrand. En cualquier caso, un placer.