Con la iglesia hemos topado. Kevin Morby se suma a la larga lista de compositores que han intentado reflejar en la música contemporánea el impacto de la fe y sus consecuencias en las distintas comunidades formadas por el ser humano, tanto a nivel individual como colectivo. Las suyas son aspiraciones de gran calado. Estamos hablando de niveles al alcance de Dylan y Cohen, con un estrato ligeramente inferior -Nick Cave, Bill Callahan, Will Oldham- o ese primer eslabón en el que estarían incluidos Hiss Golden Messenger o Phosphorescent. ¿Dónde deberíamos ubicarle a él a tenor de lo escuchado en “Oh My God” (Dead Oceans 2019)?
Vista la sobriedad de la entrada y la repetición de secuencias -bastante piano- de acordes, así como el rastrillo de tradición -ecos de country apuntando a guiones de costumbrismo provinciano-, asoma el reflejo de un Randy Newman encarándose a una grabación conceptual. La Norteamérica profunda de convicciones religiosas, y los ecos sureños donde interfieren estructuras de gospel, se yerguen gracias a colaboradores como Elvis Perkins a los teclados, Cochemea al saxo o Robin Pecknold (en “Oh My God”), Meg Duffy (esta vez solo en “Seven Devils”) y la producción de Sam Cohen -el de Sharon Van Etten y Benjamin Booker- con fantástica guitarra en “Congratulations”.
Tanto por la manera de tratar la temática como por la ambición musical -el rock & roll arrancando en “OMG Rock And Roll” que acaba ensoñador-, el álbum sobrepasa cómodamente el primer eslabón -el de Phosphorescent- en busca de codearse con Callahan y Oldham; y casi lo consigue.