Intentar reformularse, aunque sea una vez y como entretenimiento, es sano para cualquier músico. Otra cosa es que le salga bien. Bruce Springsteen, quizás harto de una rutina que ya no le pega a su edad, ha buscado en “Western Stars” (2019) una tangente para él atractiva y, a tenor de los elogios recibidos, para la mayoría también. Para mí no, y siento discrepar aún consciente de que quizás es el disco que yo, de él, también hubiese estado tentado de publicar.
Desde la primera canción, lo que destaca es una sección de cuerdas hiperactiva adornando casi todas -no una, dos o tres- las piezas, muchas ya estructuradas para evocar horizontes de espacios abiertos -por ejemplo “Tucson Train”- cual anuncio de Marlboro protagonizado por John Wayne. Orquestación florida y aroma de Glen Campbell interpretando temas de Jim Webb -“The Wayfarer”- que tarde o temprano escupe un final de épica desbordada, por mucho que -como “Western Stars”- parezca arrancar evocando al Bruce clásico. Suena a música ensalzando lo que hizo grande a América -odiará esta comparación relacionada con Trump- más que a himno para escuchar en su feudo de una cadena de montaje de Detroit, lo cual, tras trece composiciones, acaba por irritar.
El disco estaría bien si lo firmase Bruce Autumnsnold en vez de Springsteen. Pero viniendo del boss -¡que es el boss, coño!- un rock licuado como “Sleepy Joe´s Cafe” o una cadencia vocal tipo “Mr tambourine Man” (“Chasin´ Wild Horses”), e intentando comprenderlas como hijas de la misma persona que nos regaló discos como “Born To Run” o “Nebraska”, desgraciadamente me dan bajón. O quizás -por fan y por lo que significó en mi formación musical- estoy siendo demasiado exigente con él a esas alturas de su carrera.